Corea 1945-1953. ¿Fue todo lo que pareció ser? Por William Blum.

Pablo Picasso pintó en 1951 el cuadro "Masacre en Corea", inspirado en la obra de Goya (1814) representando a las tropas de ocupación francesas fusilando civiles en Madrid el 3 de mayo de 1802. El cuadro de Picasso "presenta una desolación general, con las ruinas al fondo. Las ruinas son un recuerdo de Hiroshima. Tratan de transmitir que los Estados Unidos son los únicos responsables de la guerra de Corea. El río es una frontera que separa a las dos Coreas, a los civiles de los soldados y a las víctimas de sus verdugos. Un contraste mayor entre los dos grupos es visible" (Wikipedia).

Comentario previo


"Puedes dar a esas aldeas el beso de despedida" (capitán Everett L. Hundley, después de una incursión aérea; cit. Blum)
"Yo diría que toda la península coreana, toda, es una espantosa ruina. Todo ha sido destruido. No queda en pie nada digno de ser nombrado" (mayor general Emmett O’Donnell, ante el Senado; cit. Blum)


En estos días en los que la tensión provocada por EE.UU. en la península de Corea hace temer, una vez más, un fatal desenlace, y en los que Trump parece sentirse a gusto tocando sus tambores de guerra, resulta interesante hacer memoria sobre lo que condujo a la partición de Corea en dos estados. Blum nos habla de ello en el capítulo 5 de su libro Asesinando la esperanza.

El discurso hegemónico en Occidente ha culpabilizado siempre a los comunistas de Corea del Norte de haber provocado la guerra con el Sur. Mismo la popular Wikipedia -que para muchas cosas hay que pillarla con pinzas- se encarga de remarcar este relato historiográfico: la guerra empezó cuando Corea del Norte invadió Corea del Sur el 25 de junio de 1950, nos dice.

Evolución de la guerra.
Fuente: Wikipedia

William Blum viene a cuestionar esta versión dominante en la historiografía occidental, al recordar, en primer lugar, que la península ya estaba en guerra civil larvada, incentivada por EE.UU.; y, en segundo lugar, al plantear cómo existen argumentos sólidos para sostener que el ataque de Corea del Norte fue una respuesta a un ataque previo de Corea del Sur que se saldó con la ocupación de la ciudad de Haeju. Las pruebas que cuestionan la versión dominante están ahí y, en el caso más escéptico, cuando menos nos inducen a dudar razonablemente sobre la veracidad de los acontecimientos tal cual nos han sido transmitidos hasta el día de hoy. De ahí que el título de capítulo que Blum ha elegido sea "¿Fue todo lo que pareció ser?"

La guerra dejó un saldo de alrededor de 3 millones de muertos. EE.UU. arrasó la península de Corea, la dejó convertida en tierra quemada. EE.UU. recurrió sistemáticamente a los bombardeos con napalm, sin hacer distinción de objetivos militares o civiles. El Imperio sirvió un fabuloso festín a la Muerte, pero sistemáticamente la barbarie americana en Corea ha sido silenciada. EE.UU. fue completamente indiferente al dolor humano y destrucción provocada. Tal fue el grado de desprecio por la vida humana, que MacArthur solicitó la utilización de armas nucleares, siendo parado por sus aliados.

El Imperio existe en función del capitalismo, pero en el trono siempre figura un loco aunque no percibamos los hilos que lo mueven. De Harry S. Truman al actual Donald Trump, parece que poco han cambiado las cosas: la barbarie nos sigue amenazando.

@VigneVT


Referencia documental
Blum, William: "Corea 1945-1953. ¿Fue todo lo que pareció ser?", capitulo 5 del libro Asesinando la Esperanza. Intervenciones de la CIA y del Ejército de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, págs. 53 a 66. Editorial Oriente, Santiago de Cuba (Cuba), 2005. Original en inglés: Killing Hope: U.S. Military and CIA Interventions Since World War II, Common Courage Press, 2004.
Fuente de digitalización y correcciones (cítese si se reproduce, junto con la fuente original en inglés y de la edición cubana): blog del viejo topo.
Negrita, imágenes y pies de foto: blog del viejo topo.
Traducción: hemos respetado el texto de la Editorial Oriente de Cuba, pero en algunos casos hemos introducido ligeros cambios a partir del original en inglés. Dichas modificaciones son muy puntuales y formales y no afectan al contenido: alguna que otra mejora sintáctica y léxica, en función de lo que es la praxis lingüística más convencional en el castellano de España.

 

Una de las fotos más icónicas de la guerra de Corea. Al fondo, un tanque M26 Pershing estadounidense.


Corea 1945-1953. ¿Fue todo lo que pareció ser?
William Blum

Morir por una idea es algo noble sin duda. Pero mucho más noble sería si los hombres muriesen por ideas verdaderas. H. L. Mencken, 1919
¿Por qué la guerra de Corea no levantó las mismas protestas que la guerra de Vietnam? Todo lo que aprendimos a aborrecer y lamentar acerca de Vietnam tuvo su antecedente en Corea: el apoyo a una tiranía corrupta, las atrocidades, el napalm, la matanza masiva de civiles, las ciudades y poblados reducidos a ruinas, la manipulación de las noticias, el boicot a las conversaciones de paz. Pero el pueblo norteamericano estaba convencido de que la guerra en Corea era el caso inequívoco de un país que invade a otro sin mediar provocación alguna. Un caso de malos atacando a los buenos, quienes debían ser salvados por los mejores; nada de la incertidumbre histórica, política y moral que constituyó el dilema de Vietnam. La guerra de Corea comenzó para los norteamericanos con una acción muy específica: Corea del Norte atacó a Corea del Sur en la mañana del 25 de junio de 1950, mientras que Vietnam... nadie parecía saber cómo comenzó, o por qué.

Y había poca base para hablar de "imperialismo" norteamericano en Corea. Después de todo, EE.UU. estaba peleando como parte del ejército de las Naciones Unidas. ¿Qué razón había para protestar? Y por supuesto estaba el maccarthismo tan fuerte a inicios de los 50, que servía también para inhibir las protestas.

De hecho, había interpretaciones diferentes que se podían hacer acerca del porqué de la guerra, de cómo se estaba llevando a cabo, cómo comenzó, pero todas ellas sucumbieron con rapidez ante la fiebre belicista.

*

Poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, la URSS y EE.UU. ocuparon Corea a fin de expulsar a los japoneses derrotados. Una línea de demarcación fue establecida entre las fuerzas rusas y norteamericanas a lo largo del paralelo 38. Su creación no tuyo nunca la intención explícita o implícita de dividir el territorio en dos países, pero pronto la Guerra Fría haría su aparición.

Ambas potencias insistían en que la unificación del Norte y el Sur era la meta principal y más deseada. Sin embargo, también decidieron que esto se llevara acabo de acuerdo con su propia imagen ideológica, y cayeron por tanto en un círculo vicioso de propuestas y contrapropuestas, acusaciones en uno y otro sentido, y tortuosas formalidades que impidieron la firma de un acuerdo en los años siguientes. Aunque tanto Moscú como Washington y sus respectivos líderes coreanos no estaban del todo en contra de la división del país (sobre la base de que medio país es mejor que ninguno), había funcionarios y ciudadanos de ambos lados que llamaban continuamente a la unificación.

Que Corea era todavía un solo país, con la unificación como meta, en el momento en que se inició la guerra, fue subrayado por el jefe de la delegación norteamericana en Naciones Unidas, Warren Austin, en una declaración que hizo poco después:
"La barrera artificial que ha dividido a Corea del Sur y del Norte no tiene base para existir ni en el derecho ni en la razón. Ni las Naciones Unidas. ni su comisión sobre Corea, ni la República de Corea [Corea del Sur] reconocen esa línea. Ahora los norcoreanos, al dirigir un ataque armado a la República de Corea, han negado la realidad de tal división" (1).
Los dos lados habían estado discutiendo acerca del paralelo durante varios años. Lo que ocurrió aquel día de junio no puede ser visto más que como la escalada de una guerra civil que ya había comenzado. El Gobierno norcoreano había alegado que sólo en 1949, entre el Ejército de Corea del Sur y la policía habían realizado 2.617 incursiones armadas en el Norte, en las cuales asesinaron, secuestraron, saquearon e incendiaron a fin de crear desorden e intranquilidad social, además de desarrollar la capacidad combativa de los invasores. En algunos momentos, declaró el Gobierno de Pyongyang, miles de soldados se vieron enfrentados en una batalla con numerosas bajas como resultado. (2)

Un funcionario del Departamento de Estado, el embajador itinerante Philip C. Jessup, lo explicó de la siguiente forma en abril de 1950:
"Hay constantes enfrentamientos entre el Ejército de Corea del Sur y bandas que se infiltran en el país desde el norte. Hay verdaderas batallas, en las que participan tal vez entre mil y dos mil hombres. Cuando se va a esta frontera, tal como lo hice yo [...] se ven movimientos de tropas, fortificaciones y prisioneros de guerra" (3).
Vista en este contexto, la cuestión de quién disparó el primer tiro el 25 de junio de 1950 pierde gran parte de su significado. Tal como se planteó por Corea del Norte, la invasión fue provocada por dos días de bombardeos de los sudcoreanos (23 y 24 de junio), seguidos de un ataque sorpresa el 25 contra la ciudad occidental de Haeju y otras localidades. El anuncio de este ataque sureño fue transmitido por la radio del Norte en la mañana del 25.

A diferencia de lo que se creía entonces, ningún grupo de Naciones Unidas -ni el Grupo de Observadores Militares de la ONU en el país, ni el Comisionado en Seúl- presenció, o dijo haber presenciado, el estallido de hostilidades. La supervisión del Grupo de Observación sobre él paralelo 38 terminó el 23 de junio. Sus declaraciones estuvieron basadas en especulaciones o en información recibida del Gobierno sudcoreano o de militares estadounidenses.

Por otra parte, a primera hora de la mañana del 26, la Oficina de Información Pública de Corea del Sur anunció que las fuerzas sureñas habían capturado la ciudad norcoreana de Haeju. El comunicado establecía que al ataque había ocurrido en ese mismo día, pero el informe militar norteamericano dado en la noche del 25 señala que todo el territorio sureño al oeste del rio lmjin había sido tomado por los norcoreanos en una profundidad de, al menos, tres millas, excepto en el área del "contraataque" sobre Haeju.

En cualquier caso, una victoria militar semejante por parte de las fuerzas del Sur es muy difícil de conciliar con la versión oficial occidental, mantenida hasta el día de hoy, de que fue el Ejército norcoreano el que invadió el sur en un ataque sorpresa, y tomó control de toda esa franja y obligó a las tropas sudcoreanas a retirarse más al sur.

En consecuencia, el Gobierno sudcoreano negó que la captura de Haeju hubiera tenido lugar y echó la culpa del comunicado original a las exageraciones de un oficial. Un historiador atribuyó el supuestamente incorrecto comunicado a "un error debido a las malas comunicaciones, sumado al intento de fortalecer la resistencia coreana al anunciar una victoria". Sea lo que fuere lo que ocasionó el comunicado, es evidente que no se puede confiar mucho, por no decir nada, en las declaraciones del Gobierno sudcoreano acerca del inicio de la guerra. (4)

Hubo, de hecho, informes de la prensa occidental sobre el ataque a Haeju que no mencionaban el comunicado del Gobierno sudcoreano, en lo que parecen ser confirmaciones independientes de lo ocurrido. El Daily Herald de Londres, en su edición del 26 de junio, afirmó que "observadores militares norteamericanos dijeron que las fuerzas del Sur habían realizado un exitoso contraataque cerca de la costa oeste, habían penetrado cinco millas en territorio norcoreano y se habían apoderado de la ciudad de Haeju". The Guardian, también de Londres, se hizo eco de esa información ese mismo día: "Funcionarios norteamericanos confirman que las tropas sudcoreanas han capturado Haeju".

De manera similar informó el New York Herald Tribune, también el 26, al decir que "tropas sudcoreanas atravesaron el paralelo 38, que marca la frontera, para capturar la ciudad manufacturera de Haeju, justo al norte de la línea. Las tropas republicanas capturaron gran cantidad de equipamiento". Ninguna de las versiones especificaba cuándo había ocurrido el ataque.

El día 25, el escritor norteamericano John Gunther estaba en Japón preparando su biografía sobre el general Douglas MacArthur. Tal como lo cuenta en su libro, estaba de turista en la ciudad de Nikko con “dos miembros importantes” de la ocupación norteamericana, cuando “uno de ellos fue llamado al teléfono inesperadamente. Al regresar susurró: ‘Ha estallado una gran noticia. ¡Los sudcoreanos atacaron a Corea del Norte!’”. Esa noche Gunther y sus acompañantes regresaron a Tokio donde “varios oficiales nos recibieron en la estación para decirnos correctamente, y de manera muy amplificada, lo que había sucedido [...] no cabía duda de que Corea del Norte era el agresor”.

¿Y qué hay de la llamada telefónica? Gunther explica: “El mensaje podía haber sido distorsionado en la transmisión. Nadie sabía gran cosa en el puesto de mando al principio y es probable que creyeran las mentiras corrosivas y descaradas de la radio norcoreana”. (5)

Resulta un poco incongruente esa imagen de militares y diplomáticos norteamericanos, todos anticomunistas practicantes, dando crédito a mentiras comunistas sobre algo tan importante, por muy atrevidas que fuesen.

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El máximo dirigente de Corea del Sur, Syngman Rhee, había expresado con frecuencia su deseo y disposición de unificar Corea mediante la fuerza. El 25 de junio, el New York Times recordó a sus lectores que “en varias ocasiones el Dr. Rhee ha señalado que su ejército habría tomado la ofensiva, si Washington lo hubiera consentido”. El diario también hacía notar que antes de que comenzara la contienda “las expresiones en favor de la guerra [habían venido] casi todas de los dirigentes sudcoreanos”.

Rhee podía haber tenido buenas razones para provocar una guerra a gran escala además de la búsqueda de la reunificación. El 30 de mayo se realizaron las elecciones para la Asamblea Nacional en el Sur, y en ellas el partido de Rhee sufrió una derrota importante y perdió el control de la Asamblea. Al igual que incontables estadistas antes y después de él, Rhee pudo haber decidido jugar a la carta de la guerra para conseguir apoyo a su gobierno en crisis. Un asesor laboral asignado a la misión de ayuda norteamericana en Corea del Sur, Stanley Earl, renunció en julio, y expresó su opinión de que el Gobierno sudcoreano era “un régimen opresivo” que “hacía muy poco por ayudar a su pueblo” y que “habría ocurrido una rebelión del Sur contra el gobierno de Rhee si las fuerzas del Norte no hubiesen invadido". (6)

El dirigente soviético Nikita Khruschov, en sus memorias, deja claro que Corea del Norte valoró la idea de invadir al Sur durante algún tiempo, y señala que la invasión tuvo lugar sin mencionar que mediara alguna provocación ese día. Esto parecería suficiente para zanjar las cosas. Sin embargo, el capitulo de Khruschov sobre Corea es un recuento muy superficial. No es un trabajo serio de Historia, ni intentaba serlo. Como él mismo expresa: "Mis recuerdos de la guerra de Corea son inevitablemente imprecisos" (su llegada al poder en la URSS fue después de haber terminado la guerra). Este capítulo no hace referencia a ninguna agresión previa a lo largo de la frontera, ni a ninguno de los pronunciamientos beligerantes de Rhee, ni menciona la crucial ausencia de la URSS en Naciones Unidas, lo que permitió que, como veremos, se llamara a la formación de un ejército de la ONU para intervenir en el conflicto. Además, sus memorias fueron condensadas y editadas a partir de las cintas que grabó. Un estudio entre las transcripciones originales en ruso y el libro publicado en inglés revela que algunos de los recuerdos de Khruschov sobre Corea eran sin duda imprecisos, pero el libro no produce esa impresión. Por ejemplo, el líder norcoreano Kim Il-Sung le planteó a Stalin su deseo de “aguijonear a Corea del Sur a punta de bayoneta”. El libro refiere entonces sin ambigüedad alguna: “Kim regresó a su casa y luego volvió a Moscú cuando ya tuvo todo resuelto”. En la transcripción, sin embargo, Khruschov dice: “En mi opinión, o se dejó fijada la fecha de su regreso, o él debía informamos tan pronto como terminase de preparar todas sus ideas. Luego, no recuerdo en qué mes o año, Kim Il-Sung vino y le contó su plan a Stalin” (7).

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El 26 de junio, EE.UU. presentó una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU que condenaba la "agresión injustificada" de Corea del Norte. La resolución fue aprobada a pesar de que hubo discusión acerca de que "ésta era una pelea entre coreanos" y debía ser tratada como una guerra civil, y de la sugerencia del delegado egipcio de que la palabra "injustificada" no debía utilizarse teniendo en cuenta la larga duración de las hostilidades entre las dos Coreas (8). Yugoslavia insistió también en que "parece haber falta de información precisa para posibilitar que el Consejo evalúe la responsabilidad", y propuso que Corea del Norte fuese invitada a presentarse para dar su versión de la historia (9). Nada de esto se hizo. (Tres meses después, el ministro de Relaciones Exteriores soviético presentó una moción para que la ONU escuchase a representantes de ambas partes. Esto también fue rechazado por un margen de 46 votos contra 6, a causa de la "agresión" norcoreana y se decidió que sólo compareciera Corea del Sur.) (10)

El 27, el Consejo de Seguridad recomendó que miembros de las Naciones Unidas prestasen asistencia a Corea del Sur "en la medida en que sea necesaria para repeler el ataque armado". El presidente Truman había ordenado ya a la Fuera Aérea y a la Marina de EE.UU. entrar en combate, de modo que presentó al Consejo un hecho consumado (11), táctica que EE.UU. repetiría varias veces antes de terminar la guerra. El Consejo hizo su histórica decisión con el mínimo de información disponible, toda ella derivada y seleccionada de un solo lado del conflicto. Esto no fue, para decirlo en palabras del periodista T. F. Stone, "ni sabio ni honorable".

Debe tenerse en cuenta que en 1950 las Naciones Unidas no era una organización neutral en modo alguno. La gran mayoría de sus miembros eran países muy dependientes de EE.UU. para su recuperación económica y desarrollo. No había todavía bloque del Tercer Mundo, el que años más tarde trató de conseguir que la ONU tuviese una mayor independencia de EE.UU. Sólo cuatro países del bloque soviético eran miembros en aquel momento y ninguno pertenecía al Consejo de Seguridad (12).

Tampoco se puede considerar neutral al secretario general de la ONU, el noruego Trygve Lie, en medio de esta controversia de la Guerra Fría. En sus memorias, deja muy claro que no era un observador objetivo. Sus capítulos sobre la guerra de Corea muestran un anticomunismo por completo asimilado, y revelan su manipulación del asunto (13). En 1949, tal como se descubrió luego, Lie había llegado a un acuerdo secreto con el Departamento de Estado norteamericano para despedir de la ONU a individuos a quienes Washington consideraba con inclinaciones políticas cuestionables (14).

La adopción de estas resoluciones por el Consejo de Seguridad se hizo posible sólo porque la URSS estuvo ausente durante los procedimientos a causa de su retirada de la ONU ante la negativa de ésta de sentar a China comunista en el escaño ocupado por Taiwán. Si los rusos hubieran estado presentes, habrían vetado sin duda las resoluciones. Su ausencia ha planteado siempre un difícil problema para aquellos que insisten en que los rusos estaban detrás de la invasión norcoreana. Una de las explicaciones más comunes es que los rusos, tal como expresara un memorándum de la CIA, deseaban "desafiar a EE.UU. en específico y comprobar la firmeza de la resistencia norteamericana a la expansión comunista" (15). En lo que a esto respecta, durante toda la existencia de la URSS, este mismo análisis fue propuesto por los políticos norteamericanos ante cada enfrentamiento entre EE.UU. y la izquierda en cualquier parte del mundo, tanto antes como después de Corea. Parecería que la comprobación deseada por los soviéticos tuvo una duración extraordinaria y uno tiene que preguntarse por qué nunca llegaban a una conclusión.

"El objetivo final [escribio T.F. Stone] era hacer que las fuerzas de las 'Naciones Unidas' se subordinaran a MacArthur, sin que MacArthur quedase subordinado a las Naciones Unidas. Esto se logró en la resolución del 7 de julio presentada de forma conjunta por Gran Bretaña y Francia. Se suponía que se había establecido un Comando de Naciones Unidas. En la realidad no era nada de eso" (16). La resolución recomendaba que "todos los miembros que faciliten fuerzas militares y otras formas de ayuda [...] las pongan a disposición del mando unificado bajo los Estados Unidos". Más adelante solicitaba que "Estados Unidos fuese designado comandante de dichas fuerzas" (17). Éste era el indiscutible MacArthur.

Iba a ser un espectáculo norteamericano. El personal militar de dieciséis países tomó parte de una forma u otra pero -con la excepción de los sudcoreanos— había pocas dudas acerca de su verdadero status y funciones. Eisenhower escribió más tarde en sus memorias que cuando él estaba considerando la intervención norteamericana en Vietnam en 1954, también como parte de una "coalición", tuvo que reconocer que el peso de la operación caería sobre EE.UU. pero "las fuerzas simbólicas proporcionadas por estas otras naciones, como en Corea, darían respaldo moral a una empresa que de otra forma parecería una muestra brutal de imperialismo" (18).

*


La guerra, que fue brutal, se llevó a cabo en apariencia para defender al régimen de Rhee. Aparte de los libros publicados por varios gobiernos sudcoreanos, es difícil encontrar una palabra amable hacia el hombre que EE.UU. trajo de vuelta a Corea en 1945, después de décadas de exilio en Norteamérica durante la ocupación japonesa de su país. Tras llegar a Corea en uno de los aviones de MacArthur, Rhee fue pronto elevado a una posición prominente de autoridad por el gobierno militar norteamericano en el país. Durante este proceso, los funcionarios estadounidenses tuvieron que suprimir un gobierno provisional, el de la República Popular de Corea (RPC), que fue resultado de un grupo de comités de gobernación regionales establecidos por coreanos destacados, los cuales habían comenzado a desarrollar tareas administrativas tales como la distribución de la comida y el mantenimiento del orden. La RPC ofreció sus servicios a los norteamericanos, pero fue rechazada.

A pesar de las resonancias comunistas de su nombre, esta RPC incluía un buen número de conservadores; incluso se le dio al mismo Rhee el liderazgo. Éste, junto a los otros conservadores, la mayoría de los cuales se hallaban fuera del país cuando fueron elegidos, no aceptó complacido este honor porque la RPC, vista en conjunto, era demasiado de izquierda para su gusto, como opinaban también los altos responsables del gobierno militar norteamericano. Pero tras treinta y cinco años de ocupación japonesa, cualquier grupo o gobierno que tratase de deshacer los efectos del colonialismo tenía por obligación un toque revolucionario. En Corea los conservadores habían colaborado con los japoneses; en cambio los nacionalistas y los de izquierda habían luchado contra ellos; la composición de la RPC reflejaba esto necesariamente y no había duda de que tenía un carácter más popular que cualquier otra agrupación política (19).

Cualesquiera que fuesen las inclinaciones o intenciones políticas de la RPC, al negarles toda "autoridad o status" (20), el gobierno militar estaba regulando la vida política coreana como si se tratara de un enemigo derrotado y no de una nación amiga liberada del enemigo común y con derecho a la independencia y autodeterminación.

El significado de apartar a la RPC iba más allá incluso. John Gunther, a quien difícilmente se puede considerar radical, resumió la situación de esta forma: "De modo que se desperdició la primera —y mejor— oportunidad de construir una Corea unida" (21). Y Alfred Crofts, un integrante del gobierno militar, escribió: "Un factor potencial de unificación se convirtió de esta manera en uno de los cincuenta cuatro grupúsculos de la vida política sudcoreana" (22).

Syngman Rhee sería el hombre de Washington: decididamente pro norteamericano, furiosamente anticomunista y suficientemente controlable. Su régimen favoreció a los terratenientes, a los colaboradores d los japoneses, a los ricos y a los conservadores en general. Crofts ha señalado que "antes de los desembarcos norteamericanos, no había una derecha política, asociada en el pensamiento popular al dominio colonial; pero en poco tiempo auspiciaríamos al menos tres facciones conservadoras" (23).

En el deseo de promover la libre empresa, el gobierno militar vendió grandes propiedades japonesas confiscadas, casas, negocios, materias primas industriales y otros valores. Los que pudieron adquirirlos fueron los colaboradores, enriquecidos bajo los japoneses, y otros oportunistas. "Con la mitad de los bienes de la nación en venta 'al mejor postor’, la desmoralización fue rápida" (24).

El surcoreano Syngman Rhee con MacArthur. "Syngman Rhee sería el hombre de Washington: decididamente pro norteamericano, furiosamente anticomunista y suficientemente controlable. Su régimen favoreció a los terratenientes, a los colaboradores d los japoneses, a los ricos y a los conservadores en general."


Mientras los rusos llevaban a cabo una cuidadosa limpieza de los colaboracionistas con Japón en Corea del Norte, el gobierno militar norteamericano en el Sur les permitió —y al principio también a los japoneses mismos- retener posiciones de administración y autoridad, para gran consternación de los coreanos que habían peleado por liberarse de la ocupación. En cierta medida, estas personas fueron mantenidas en sus puestos porque tenían experiencia en ellos y garantizaban que el país siguiera funcionando. Otra razón ha sido sugerida: evitar que la RPC asumiera el poder (25).

Y mientras el Norte llevó a cabo en breve una amplia y efectiva reforma agraria y concedió igualdad, al menos formal, a la mujer, el régimen de Rhee se mantuvo hostil a estas ideas. Dos años después, decretó una medida de reforma agraria, pero aplicable sólo a las antiguas propiedades japonesas. Una ley en 1949 que incluía otras posesiones no fue llevada a cabo nunca y el abuso de los terratenientes se mantuvo por los métodos antiguos y por otros nuevos (26).

El resentimiento popular contra la administración EE.UU./Rhee creció debido a estas políticas al igual que por la eliminación de la RPC y algunas elecciones muy cuestionables. Tanto se resistía Rhee a permitir una elección honesta que a principios de 1950 esto se había convertido en motivo de bochorno para EE.UU., y funcionarios de Washington amenazaron con cortar la ayuda si no las llevaba a cabo y si no mejoraba la situación de las libertades civiles. Al parecer debido a estas presiones, se efectuaron las elecciones del 30 de mayo con la suficiente honestidad para permitir la participación de elementos "moderados" y, tal como dijimos, el gobierno de Rhee fue repudiado a las claras (27).

El resentimiento se manifestó en forma de frecuentes rebeliones, incluida la lucha de guerrillas en las montañas desde 1946 hasta el inicio de la guerra, e incluso durante la guerra misma. Las rebeliones fueron desatendidas por el Gobierno y vistas como "inspiradas por los comunistas" y se limitó a reprimirlas pues, como observó John Gunther: "Puede afirmarse que a los ojos de Hodge [el comandante de las fuerzas norteamericanas en Corea] y Rhee, sobre todo al principio, casi todo coreano que no fuese de extrema derecha era un comunista y un traidor en potencia" (28).

El general Hodge permitió evidentemente que las tropas de EE.UU. tomaran parte en la represión. Mark Gayn, corresponsal del Chicago Sun en Corea, escribió que los soldados norteamericanos "disparaban sobre las multitudes, realizaban arrestos masivos, peinaban las montañas en busca de sospechosos y organizaban pelotones de derechistas coreanos, alguaciles y policías para efectuar redadas masivas" (29). Gayn relató que uno de los asesores políticos de Hodge le había asegurado que Rhee no era un fascista: "Él está dos siglos más atrás que el fascismo: es un puro Borbón" (30).

Al describir la campaña antiguerrillera del Gobierno en 1948, el pro occidental estudioso de ciencias políticas John Kie-Chiang Oh, de Marquette University, escribió: "En estas campañas con frecuencia se ignoraron las libertades civiles de innumerables personas. A menudo aldeanos indefensos, sospechosos de ayudar a los guerrilleros, eran ejecutados sumariamente" (31).

Un año después, cuando un comité de la Asamblea Nacional inició una investigación sobre los colaboradores, Rhee y su policía irrumpieron en la Asamblea: fueron arrestadas 22 personas, de las cuales se supo luego que 16 presentaron costillas rotas, golpes en la cabeza o tímpanos perforados (32).

Al comenzar la guerra en junio de 1950, se estimaban en 14.000 los prisioneros políticos en las cárceles sudcoreanas (33). Incluso durante el período más intenso de la guerra, en febrero de 1951, según informó el profesor Oh, se produjo el "incidente de Koch’ang", una vez más relacionado con la sospecha de la ayuda a los guerrilleros, "en el cual cerca de 600 hombres y mujeres, viejos y jóvenes, fueron conducidos a un estrecho valle y asesinados con ametralladoras por una unidad del ejército sudcoreano" (34).

En todo el transcurso de la guerra, una continua andanada de acusaciones fue arrojada de un lado hacia el otro, siempre acusando al enemigo de todo tipo de barbarie y atrocidades, lo mismo contra las tropas en el combate, contra los prisioneros capturados o contra los civiles en cualquier parte del territorio (pues cada lado ocupó el territorio del otro en momentos diferentes), en el intento de sepultar al otro en una guerra verbal de superlativos, casi tan activa como la de las balas. En EE.UU. esto motivó todo un conjunto de mitos populares, cómo los que surgieron de otros conflictos bélicos que contaron también con amplio apoyo popular. (En contraste, durante la guerra de Vietnam la tendencia al florecimiento de los mitos fue contrarrestada de manera regular por protestantes instruidos que investigaron cuidadosamente los orígenes de la guerra, monitorearon su desarrollo y dieron a conocer estudios que discrepaban con fuerza de las versiones oficiales, con lo que llegaron a influir en los medios masivos para hacer lo mismo.)

Había consenso, por ejemplo, en que la brutalidad de la guerra era responsabilidad absoluta de los norcoreanos. El incidente de Koch’ang antes mencionado debería haber servido para cuestionar esta creencia. Con respecto al mismo observó el estudioso británico Jon Halliday:

Este hecho no sólo sirve para indicar el nivel de violencia política empleado por parte de la ONU, sino que también hace plausibles las acusaciones de RPDC [Corea del Norte] y de la oposición en el Sur sobre las atrocidades y ejecuciones masivas de las fuerzas de la ONU y de las oficialistas de Rhee durante la ocupación de la RPDC a fines de 1950. Después de todo, si los civiles pueden ser ametrallados en el Sur por ser sospechosos de ayudar (ni siquiera por ser) a los guerrilleros, ¿qué pasaría con el Norte, donde millones pudieran ser tomados por comunistas o militantes políticos? (35)

El relato de Oh es apenas uno entre los numerosos informes de matanzas llevadas a cabo por los sudcoreanos contra su propio pueblo durante la guerra. El New York Times reportó una "“oleada de ejecuciones del Gobierno [sudcoreano] en Seúl" en diciembre de 1950 (36). René Cutforth, corresponsal de la BBC en Corea, escribió más tarde sobre "los fusilamientos de civiles sin juicio alguno, designados por la policía como 'comunistas'. Las ejecuciones tenían lugar por lo general al amanecer, en cualquier terreno abandonado donde se pudiese cavar una zanja y alinear frente a ella a un grupo de prisioneros" (37). Y Gregory Henderson, un diplomático norteamericano que permaneció siete años en Corea entre 1940 y 1950, declaró que "probablemente más de 100.000 fueron ejecutados sin juicio o cosa que se pareciera" por las fuerzas de Rhee en el Sur durante la guerra (38). Después de algunas de estas masacres de civiles en el Sur, el gobierno de Rhee haría declaraciones atribuyéndolas a tropas del Norte.

Una forma en la que EE.UU. contribuyó de manera directa a la brutalidad de la guerra fue la de introducir un arma que, aunque había sido usada en la última etapa de Ia Segunda Guerra Mundial y en Grecia, era nueva para todos los observadores y participantes en Corea. Se trataba del napalm. He aquí una descripción de sus efectos por el New York Times:

Bombas de napalm cayeron sobre la aldea tres o cuatro días atrás cuando los chinos estaban conteniendo el avance y no se enterró a los muertos en ninguna parte porque no quedó nadie vivo para hacerlo [...] Los habitantes a través de todo el poblado y los campos fueron alcanzados y murieron en las mismas posturas en las que los sorprendió el napalm -un hombre a punto de montar en su bicicleta, 50 niños y niñas jugando en un orfanato, una mujer extrañamente intacta sostenía en su mano una página arrancada de un catálogo de Sears-Roebuck con la orden No. 3-8-11-294 para un "encantador sobrecama color coral" de 2,98 $ marcada a lápiz. Debía haber al menos 200 muertos en el diminuto caserío". (39)

Estados Unidos también pudo haber utilizado guerra bacteriológica contra Corea del Norte y China, como ya vimos en el capítulo dedicado a este último país.

Al mismo tiempo, la CIA perseguía según se informaba a un individuo en particular: el líder norcoreano Kim Il-Sung. Washington envió a un indio cheroqui, cuyo nombre en clave era Búfalo, a Hans V. Tofte, el oficial de la CIA residente en Japón, una vez que Búfalo aceptó asesinar a Kim Il-Sung. Búfalo debía recibir una enorme recompensa si lo lograba. Es obvio que no lo hizo y no se supo nada más acerca del incidente (40).

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Otra creencia extendida en EE.UU. durante la guerra fue que los prisioneros norteamericanos, en los campamentos norcoreanos, estaban muriendo como moscas a causa de la crueldad y maltratos de los comunistas. Las llamas de este asunto tan emotivo estaban siendo inflamadas por la tendencia de los funcionarios estadounidenses a exagerar las cifras. Por ejemplo, durante noviembre de 1951 -mucho antes del fin de la guerra—, los anuncios de los militares norteamericanos hablaban de entre 5.000 y 8.000 prisioneros de guerra muertos (41). Sin embargo, un estudio exhaustivo realizado por el ejército después de la guerra reveló que el total de prisioneros muertos fue 2.730, de los 7.190 que pasaron por los campos norcoreanos. (Un número no precisado fue ejecutado en el propio lugar donde fueron apresados debido a los inconvenientes de lidiar con ellos en medio del combate, una práctica realizada por ambas partes.)

El estudio concluía que "había evidencia de que el alto nivel de muertes no se debía de manera primordial al maltrato de los comunistas [...] sino que podía achacarse en gran medida a la ignorancia e insensibilidad de los propios prisioneros" (42). En este caso “insensibilidad” se refiere a la falta de moral y espíritu colectivo. Aunque no es mencionado en el estudio, los norcoreanos declararon en varias ocasiones que muchos prisioneros de guerra norteamericanos murieron a causa de los grandes bombardeos estadounidenses.

El estudio no podía acercarse siquiera, por supuesto, a los terroríficos titulares desplegados ante el mundo occidental durante tres años. También se silenció el hecho de que muchos más detenidos comunistas habían muerto en los campamentos sudcoreanos/estadounidenses -a mediados de la guerra la cifra oficial era de 6.600- (43), y que y en estos campamentos habían sido recluidos muchos más prisioneros que en el Norte.

El público norteamericano estaba también convencido, y probablemente todavía lo está, de que en Corea del Norte y China habían “lavado el cerebro" a los soldados estadounidenses. Esta historia surge para explicar el hecho de que 30% de los prisioneros norteamericanos habían colaborado con el enemigo de una manera u otra y "uno de cada siete o más del 13% era culpable de colaboración estrecha -escribir folletos desleales [...] o aceptar ser espía u organizador para los comunistas después de la guerra” (44). Otra razón por la cual Washington promovía la historia del lavado de cerebro era la de aumentar la posibilidad de que no se creyera en las declaraciones de los prisioneros que regresaban, las cuales entraban en contradicción con las versiones oficiales.

En palabras del psiquiatra de la Universidad de Yale, Robert J. Lifton, el lavado de cerebro era considerado popularmente como "un método todopoderoso, irresistible, inexplicable y mágico para alcanzar el control total sobre la mente humana" (45). Aunque la CIA experimentó, a partir de los años 50, cómo desarrollar una magia semejante, ni ellos ni los norcoreanos ni los chinos fueron nunca capaces de "control del comportamiento", o "control mental", en sujetos humanos (probablemente en sospechosos de ser dobles agentes), usando drogas e hipnosis en Japón en julio de 1950, poco después del inicio de la guerra de Corea. En octubre al parecer utilizaron a prisioneros norcoreanos en estas pruebas (46). En 1975, un psicólogo de la Marina de EE.UU., el Comandante Thomas Narut, reveló que parte de su trabajo era establecer la forma de inducir al personal en servicio que por naturaleza no se inclinara a matar, para que lo hiciese bajo ciertas condiciones. Se refirió a estos hombres con los términos "matones" y "asesinos". Narut añadió que se habían liberador a asesinos convictos de prisiones militares para convertirlos en matones (47).

El lavado de cerebro, decía el estudio del ejército, "se ha convertido en un frase común, utilizada para tantas cosas que ya no tiene un significado preciso" y "un significado preciso es necesario en este caso" (48).

Los prisioneros, en la medida en que han podido descubrirlo los psiquiatra militares, no fueron sometidos a nada que pudiera llamarse lavado de cerebro con propiedad. De hecho, el tratamiento comunista a los prisioneros, aunque no se acercaba a cumplir los requerimientos de la Convención de Ginebra, rara vez implicaba la crueldad directa, sino que era una mezcla muy original de flexibilidad y presiones [...] Los comunistas rara vez utilizaban la tortura física [...] y el ejército no ha encontrado un solo caso verificable en el cual fuese usada para obligar a alguien a colaborar o a aceptar sus convicciones (49).

De acuerdo con este estudio, sin embargo, algunos aviadores norteamericanos, de los cerca de noventa capturados, fueron sometidos a abusos físicos para que confesasen acerca de la guerra biológica. Esto podría reflejar o bien el gran resentimiento provocado entre los comunistas por el uso de tales armas, o la necesidad de mostrar pruebas de que corroborasen una acusación cuestionable.

También los prisioneros norteamericanos eran adoctrinados políticamente por sus carceleros. El informa del ejercito lo presentó de esta forma:

En las charlas de adoctrinamiento, los comunistas con frecuencia desplegaban mapamundis donde mostraban nuestras bases militares, cuyos nombres eran, por supuesto, conocidos por los prisioneros. “¿Ven estas bases?”, decía el instructor, señalándolas con un puntero. "Son norteamericanas, llenas de material de guerra. Ustedes saben que son norteamericanas. Y pueden ver que están rodeando a Rusia y China. Rusia y China no tienen ni una base fuera de su propio territorio. Así está claro quién es el que trafica con la guerra. ¿Tendría Norteamérica estas bases y gastaría millones para mantenerlas si no estuviera preparando la guerra contra Rusia y China?” Este argumento parecía lógico a muchos de los prisioneros. En general no tenían ideas de que estas bases demostraran el deseo de EE.UU. de hacer la guerra, sino su deseo de paz, que habían sido creadas como parte de una serie de tratados dirigidos no a la conquista, sino a contener la agresión roja (50).

Los comunistas chinos, por supuesto, no inventaron esta práctica. Durante la guerra civil norteamericana, tanto los prisioneros del Norte como del Sur fueron adoctrinados sobre los respectivos méritos de ambas partes. Y en la Segunda Guerra Mundial se impartieron "cursos de democratización" en los campamentos estadounidenses y británicos para sus prisioneros alemanes, y aquellos que se reformaban recibían privilegios. Además, el Ejército de EE.UU. afirmaba orgulloso que los prisioneros comunistas durante la guerra en Corea habían sido enseñados "sobre los valores de la democracia" en los campamentos norteamericanos (51).

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La anunciada agresión china se produjo unos cuatro meses después de haber comenzado la guerra en Corea. Los chinos entraron en la contienda después de que los aviones norteamericanos violaran su espacio en numerosas ocasiones, bombardearan y ametrallaran su territorio varias veces (siempre "por error"), cuando se pusieron en peligro las hidroeléctricas norcoreanas que eran vitales para la industria china, y cuando las fuerzas estadounidenses y sudcoreanas habían llegado hasta el río Yalu, que marca la frontera con China, o estaban a pocas millas de él en varios puntos.

La pregunta que debe hacerse es: ¿cuánto tiempo esperaría EE.UU. para entrar en una guerra que se estuviera desarrollando en México por parte de una potencia comunista, que hubiese ametrallado las ciudades fronterizas de Texas, estuviera movilizada a lo largo del Rio Grande y fuera dirigida por un general que amenazara con combatir también contra Estados Unidos?


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La supremacía aérea norteamericana en Corea era temible. Como ocurriría en Vietnam, su uso fue destinado al bombardeo de napalm, la destrucción de aldeas "sospechosas de ayudar al enemigo", bombardeo de ciudades con el fin de no dejar instalaciones utilizables, demolición de represas y diques para dañar el sistema de irrigación, destruir las cosechas de arroz... y en acciones referidas como "política de tierra arrasada", "bombardeo de saturación" y "operación muerte" (52).

"Puedes dar a esas aldeas el beso de despedida", exclamó el capitán Everett L. Hundley, de Kansas City, después de una incursión aérea (53).

"Yo diría que toda la península coreana, toda, es una espantosa ruina", testificó el mayor general Emmett O’Donnell ante el Senado un año después de la guerra. "Todo ha sido destruido. No queda en pie nada digno de ser nombrado" (54)

Y he aquí las palabras de la venerable guía militar británica Brassey's Annual en la edición correspondiente a 1951:

No es exagerado afirmar que Corea del Sur no existe más como país. Sus pueblos han sido destruidos, la mayoría de sus medios de vida erradicados, y su gente reducida a una masa sombría que depende de la caridad y está expuesta a influencias subversivas. Cuando termine la guerra no puede esperarse gratitud de los sudcoreanos, pero debe tenerse la esperanza de que se haya aprendido la lección de que destruir para liberar es la peor inutilidad. En verdad, Europa occidental no debía haber aceptado nunca ese tipo de "liberación". (55)

Lo peor de los bombardeos estaba por llegar. Comenzó en el verano de 1952 y fue la manera en la que Washington trató de ponerse en una posición más ventajosa para negociar en las discusiones con los comunistas sobre una tregua; estas conversaciones se habían desarrollado a lo largo de todo un año mientras las batallas eran incesantes. Las largas y difíciles negociaciones dieron lugar a otra extendida creencia occidental: la intransigencia, duplicidad y falta de verdaderas intenciones de paz de los comunistas eran lo que frustraba las conversaciones y prolongaba la guerra.

Este es un capítulo largo y enrevesado de la historia de la guerra en Corea, pero no hay que ir muy lejos para descubrir el soslayado hecho de que la parte anticomunista también ponía muchos obstáculos. Syngman Rhee, por ejemplo, se oponía tanto a cualquier propuesta que no fuese la victoria total del Sur, que la administración de Truman y la de Eisenhower llegaron a diseñar planes para derrocarlo (56); lo cual no indica que los negociadores americanos lo hicieran con la mejor buena fe. Lo último que deseaban era ser acusados de haber permitido a los comunistas burlarse de ellos. De este modo se pudo leer en el New York Times en noviembre de 1951:

La forma cruda en que al parecer un creciente número de ellos [soldados norteamericanos en Corea] ve la situación ahora es que los comunistas han hecho concesiones importantes, mientras que el comando de Naciones Unidas, en su opinión, continúa pidiendo más y más [...] El equipo de Naciones Unidas que discute la tregua ha creado la impresión de que cambian de exigencia cuanto los comunistas indican que podrían estar de acuerdo con ella. (57)

En un momento dado de este mismo período, cuando los comunistas propusieron que hubiera un cese al fuego y una retirada de las tropas de la línea de combate mientras se llevaran a cabo las negociaciones, el comando de la ONU reaccionó casi como si se tratara de un acto engañoso y beligerante. "El planteamiento de hoy de los comunistas [decía el comunicado del comando de la ONU] fue prácticamente una renuncia de su posición anterior de que las hostilidades debían continuar durante las conversaciones para el armisticio". (58)

Un B-26 ataca con napalm una aldea de Corea del Norte. 5-10-1951.

 

*


Hubo una vez en que Estados Unidos llevó a cabo una guerra civil en la que el Norte intentó unificar por la fuerza de las armas el país dividido. ¿Acaso Corea o China o alguna otra potencia extranjera envió un ejército para masacrar norteamericanos acusando a Lincoln de agresor? ¿Por qué EE.UU. decidió desarrollar una guerra a gran escala en Corea? Sólo un año antes, en 1949, en la contienda árabe-israelí en Palestina y en la guerra entre India y Pakistán por la posesión de Cachemira, la ONU, con apoyo norteamericano, había intervenido para mediar en un armisticio, no para enviar un ejército a tomar parte y expandir la lucha. Y ambos conflictos eran de naturaleza menos adecuada al concepto de guerra civil interna que el de Corea. Si la reacción de EE.UU. y la ONU hubiera sido la misma en estos casos previos, Palestina y Cachemira podrían haber terminado convertidos en la tierra arrasada que fue el destino de Corea. Lo que los salvó, lo que mantuvo a las fuerzas armadas norteamericanas fuera, no fue otra cosa que la ausencia de comunistas en un lado del conflicto.


William Blum
williamblum.org
Digitalización y formato: blog del viejo topo



Nota del editor del blog
Relacionado con este capítulo sobre Corea: "CHINA. De 1945 hasta los años 60. ¿Estaba Mao Tse-tung realmente paranoico?", capítulo 1 del mismo libro de William Blum. Pulsa en el enlace para acceder a su lectura.
De los artículos publicados en otros blogs, seleccionamos como sugerencia el de Mikel Itulain: "La guerra de Corea: historias no recordadas".


Notas del capítulo
(1) New York Times, 1 de octubre de 1950, p. 3.
(2) Los imperialistas norteamericanos comenzaron la guerra de Corea es el sutil título de un libro publicado en Pyongyang, Corea del Norte en 1977, pp. 109-110.
(3) Discurso radial del 13 de abril de 1950, publicado por The Department of State Bulletin el 24 de abril de 1950, p. 627.
(4) Para conocer sobre los orígenes inmediatos de la guerra, ver:
a) Kamnakar Gupta: "How Did the Korean War Begin?", en The China Quarterly, No. 52, Londres, octubre-diciembre, 1972, pp. 699-716.
b) "Comment: The Korean War", en The China Quarterly, No, 54, Londres, abril-junio 1973, pp. 354-368. Se trata de respuestas al articulo de Gupta en el No. 52 y la contrarréplica de éste.
c) New York Times, 26 de junio de 1950, p. 1: Anuncio de Corea del Sur sobre Haeju; p. 3: anuncio de Corea del Norte sobre Haeju.
d) Glenn D. Paige: The Korean Decision (June 24-30, 1950). New York, 1968, passim, en particular p. 130.
e) T.F. Stone: The Hidden History of the Korean War. New York, 1952, capítulo 7 y otros.
(5) John Gunther: The Riddle of MacArthur. Londres, 1951, pp. 151-152.
(6) New York Times, 25 de julio de 1950, p. 4; 30 de julio, p. 2.
(7) Kruschev remembers. Londres, 1971, capítulo 11. Sobre el cotejo de la traducción y el libro: John Merrill, reseña en Journal of Korean Studies. Vol. III, University of Washington, Seattle, 1981, pp. 181-191.
(8) Joseph C. Goulden: Korea: The Untold Story of the War. New York, 1982, p. 64.
(9) New York Times, 26 de junio de 1950.
(10) Ibid, 1 de octubre de 1950, p. 4.
(11) Goulden, pp. 87-88; Stone, pp. 75 y 77.
(12) Para un mayor análisis de la tendencia de la ONU en ese momento ver Jon Halliday: "The United Nations and Korea", en Frank Baldwin, ed.: Without Parallel: The Amerícan-Korean Relationship Since 1945. New York, 1974, pp. 109-142.
(13) Trygve Lie: In the Cause of Peace. New York, 1954, capítulos 18 y 19.
(14) Shirley Hazzard: Countenance of the Truth: The United Nations and the Waldheim Case. New York, 1990, pp. 13-22. En la p. 389 de su libro, Lie plantea que fue él quien inició esta práctica.
(15) Memorándum de la CIA del 28 de junio de 1950, en Declassified Documents Reference System. Arlington, Virginia. Volumen Retrospectivo, documento 33C.
(16) Stone, pp. 77-78.
(17) El texto completo de la Resolución del Consejo de Seguridad del 7 de julio de 1950 puede encontrarse en el New York Times, 8 de julio de 1950, p. 4.
(18) Dwíght Eisenhower: The White House Years: Mandate for Change 1953-1956. New York, 1963, p. 340.
(19) Para un análisis sobre la política de postguerra en Corea del Sur ver:
a) Bruce Cumings: The Origins of the Korean War: Liberation and the Emergence of Separate Regimes, 1945-1947. Princeton University Press, New Jersey, 1981, passim.
b) E. Grant Meade: American Military Government in Korea. King’s Crown Press, Columbia University, New York, 1951, capítulos 3 al 5.
c) George M. McCune: Korea Today. Institute of Pacific Relations, New York, 1950, passim, pp 46-50 sobre la RPC. El profesor McCune trabajó con el Gobierno norteamericano sobre asuntos coreanos durante la Segunda Guerra Mundial.
d) D. F. Fleming: The Cold War and its Origins 1917-1960. Doubleday & Co., New York, 1961, pp. 589-597.
e) Alfred Crofts: "The Case of Korea: Our Falling Ramparts", en The Nation, New York, 25 de junio de 1960, pp. 544-548. Crofts fue miembro del gobierno militar norteamericano en Corea a partir de 1945.
(20) Crofts, p. 545.
(21) Gunther, p. 165.
(22) Crofts, p. 545.
(23) Ibíd.
(24) Ibíd., p. 546.
(25) Sobre los colaboradores ver Cumings, pp. 152-156; Meade, p. 61; McCune, p. 51; y en otras partes de estas fuentes, al igual que en Fleming y Crofts. Los japoneses y sus colaboradores retuvieron sus posiciones para bloquear a la RPC, ver Cumings, pp. 138-139.
(26) McCune, pp. 83-84, 129-139, 201-209.
(27) Sobre las elecciones de 1946 ver Mark Gayn: Japan Diary. New York, 1948, p. 398; sobre la elección de 1948 ver Crofts, p. 546; Halliday, pp. 17-122; sobre las elecciones de 1952 y el aviso de EE.UU. ver Fleming, p. 594. Para un análisis de la forma en que Rhee impidió una elección honesta en 1952 y más adelante, así como sobre su tiránico gobierno, ver William J. Lederer: A Nation of Sheep. W.W. Norton & Co., New York, 1961, capítulo 4.
(28) Gunther, pp. 166-167.
(29) Gayn, p. 388.
(30) Ibíd., p. 352.
(31) John Kie-Chiang Oh: Korea: Democracy on Trial. Cornell University Press, Ithaca, New York, 1968, p. 35.
(32) The Nation, New York, 13 de agosto de 1949, p. 152.
(33) Gunther, p.517.
(34) Oh, p. 206; ver también el New York Times, 11 de abril de 1951, p. 4 para un relato de la masacre de entre 500 y 1.000 personas en marzo en el mismo lugar, lo que parece estar referido al mismo incidente.
(35) Jon Halliday: "The Political Background", en Gavan McCormack y Mark Selden, eds.: Korea, North and South: The Deepening Crisis. New York, 1978, p. 56.
(36) New York Times, 11 de abril de 1951, p. 4.
(37) René Cutforth: "On the Korean War", en The Listener (publicación de la BBC), Londres, 11 de septiembre de 1969, p. 343.
(38) Gregory Henderson: Korea: The Politics of the Vortex. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1968, p. 167.
(39) New York Times, 9 de febrero de 1951, George Barrett.
(40) Goulden, pp. 471-472. Esta información se deriva de la entrevista a Tofte por Goulden.
(41) New York Times, 27 de noviembre de 1951, p. 4.
(42) Eugene Kinkead: Why They Collaborated. Londres, 1960, p. 17; publícado en EE.UU. en 1959 con ligeras diferencias bajo el título In Every War But One. El estudio del Ejército, no estaba comprendido en un solo volumen, sino disperso en un número de informes separados. El libro de Kinkead, escrito con la total cooperación del Ejército, está compuesto por un resumen de algunos de esos informes, y de entrevistas con numerosos funcionarios militares y del Gobierno que estuvieron directamente involucrados o tenían conocimiento sobre el estudio o el tema. Para hacerlo más sencillo me he referido al libro como si se tratara del estudio mismo. Debe reconocérsele al Ejército que no mantuvo en secreto la mayor parte de los resultados del estudio; sin embargo, el mismo contiene algunas frases anticomunistas de las más grotescas tales como: la mentira se castiga en China con la muerte; los comunistas viven toda su vida como animales, etc. (pp. 190, 193).
(43) Keesings Contemporary Archives, 5 al 12 de enero de 1952, p. 11.931, un anuncio emitido el 31 de diciembre de 1951 por la oficina principal del general Ridgeway.
(44) Kinkead, p. 34.
(45) Robert J. Lifton: Thought Reform and the Psychology of Totalism: A Study of “Brainwashing” in China. Londres, 1961, 4.
(46) John Marks: The Search for the Manchurian Candidate: The CIA and Mind Control. New York, 1988, p. 25; basado en documentos de la CIA.
(47) Sunday Times, Londres, 6 de julio de 1975, p. 1. Narut trabajaba en ese momento en un hospital naval norteamericano en Nápoles, Italia, y había hecho sus Ccmentarios en una conferencia auspiciada por la OTAN en Oslo, Noruega, una semana antes.
(48) Kinkead, p. 31.
(49) Ibíd., pp. 17, 34.
(50) Ibíd., pp. 105-106.
(51) Ibíd., p. 197.
(52) Para una descripción concisa del "bombardeo aterrorizante" de 1952-1953, ver John Gittins: “Talks, Bombs and Germs: Another Look at the Korean War", en Journal of Contemporary Asia, Vol. 5, No. 2. Londres, 1975, pp. 212-216.
(53) Comunicado de la Fuerza Aérea, 2 de febrero de 1951, citado por Stone, p. 259.
(54) Military Situation in the Far East, audiencias ante los comités del Senado sobre Servicios Armados y Relaciones Exteriores, 25 de junio de 1951, p. 3.075.
(55) Louis Heren: “The Korean Scene", en contraalmirante H. G. Thursfield, ed., Brassey’s Annual: The Armed Forces Year-Book 1951. Londres 1951, p. 110.
(56) San Francisco Chronicle, 15 de diciembre de 1977, p. 11, basado en documentos desclasificados bajo la Ley de Libertad de Información.
(57) New York Times, 12 de noviembre de 1951, p. 3.
(58) Ibíd, 14 de noviembre de 1951, p.1.

 

William Blum, Asesinando la esperanza.
Portada y contraportada edición en castellano.
Editorial Oriente, Santiago de Cuba (Cuba), 2005.

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