Rémy Herrera: Sé joven y cállate


El pasado 22 de mayo, después de una manifestación de funcionarios en París, a la que se unieron ferroviarios y estudiantes, casi un centenar de jóvenes – muchos menores, ¡incluso algunos de 15 años! – fueron detenidos por las fuerzas de orden público cuando protestaban y ocupaban un instituto (el Instituto Arago) de la capital.


Antes de ser puestos bajo custodia policial, unos sesenta de entre ellos estuvieron hacinados como ganado en un furgón policial durante más de cuatro horas, sin que se les dejara avisar a sus familiares, ni beber o ir al servicio. A la salida de estas detenciones traumatizantes para los adolescentes y para sus familias, muchos de estos jóvenes fueron presentados por el procedimiento de urgencia, esposados, ante un juez.


¿Qué delito habían cometido estos jóvenes rebeldes? Habían decidido – y tenido la valentía – de oponerse (sin causar mayor destrozo que la rotura de un cristal) a la “reforma” neoliberal del sector de la educación que quiere imponer el presidente Macron. Uno de los jóvenes acusados declaró: “Me he quedado impactado por la agresividad de las fuerzas del orden y las condiciones de detención. Se ha querido hacer con nosotros un escarmiento para parar la movilización de los jóvenes, pero yo voy a continuar movilizándome, y ahora más aun” 


Desde hace unos meses, los sindicatos estudiantiles de izquierda vienen expresando su rechazo a la mercantilización de la enseñanza – cuando el sistema francés le otorga un lugar preponderante a lo público –, al aumento de las tasas de inscripción – cuando no hace mucho los estudios de grado superior eran (prácticamente) gratuitos – y a la selección generalizada para el acceso a la universidad – cuando, hasta una ley reciente, estaba garantizada para todos después del bachillerato. Dicen ¡No! al hecho de que cada vez más y más jóvenes desfavorecidos se vean privados, por falta de dinero, de seguir sus estudios y condenados al paro. Muchos enseñantes también se han movilizado. Todos reclaman más medios para un sector educativo asfixiado por los recortes.  


Se piense lo que se piense del presidente Macron, se califique como se califique a un gobierno que actúa de esta manera, un régimen que se reduce a enfrentarse así a su juventud, evidentemente no lo está haciendo bien. No pasa ni un día sin represión política de la cólera social. ¿Querrán que nos acostumbremos a ver a los CRS invadir los campus universitarios en ebullición  toleteando  a los estudiantes recalcitrantes? ¿Tendremos que aceptar asistir pasivamente a la  confiscación por parte de una jerarquía ministerial autoritaria, de decisiones tomadas en asambleas generales de enseñantes y del personal administrativo en lucha? ¡Es como renunciar a los pocos espacios democráticos que nos concede la sociedad capitalista!


Solamente la comedia de la democracia burguesa es tolerada. Y ni aun así. En un teatro de París (el teatro Odeón, célebre por haber sido ocupado por los estudiantes en mayo de 1968), tuvo lugar un espectáculo el 7 de mayo último, para conmemorar los acontecimientos de hace 50 años. Todo iba como previsto… hasta que verdaderos estudiantes (¡los de hoy!) irrumpen de repente en la sala del espectáculo y reclaman tomar la palabra para explicar al público los motivos de sus protestas actuales. ¡La dirección del teatro, llamó a la policía que hizo evacuar manu militari, ante el disgusto general, a los jóvenes aguafiestas!


Algo no rula bien en el reino de Macron. Ese algo tal vez sea un pueblo que rechaza la suerte que se le depara. Un pueblo que lentamente va tomando conciencia de que el desmantelamiento de los servicios públicos no es progreso, de que las «reformas» que les airean los medios a sueldo de la alta finanza no son sino destrucciones. Un pueblo que, laboriosamente, aprende de nuevo a ponerse en pie para volver a la marcha. Todo esto llevará tiempo. Pero está claro que somos muchos los que no queremos dejarnos hacer.


El ministro del Interior, Gerard Collomb, por cierto, bien que lo ha entendido. Así se expresó el 27 de mayo: «Si se quiere conservar mañana el derecho a manifestarse, que es una libertad fundamental, las personas que quieran expresar su opinión tienen también ellas que poder oponerse  a los «alborotadores» y no ser, por su pasividad, cómplices, en cierto sentido,  de lo que pasa en las calles [los destrozos ocasionados] ». Condicionar el derecho de manifestación en Francia, a la transformación en policías de todos «los manifestantes normales», como él los llama, ¡vaya proyecto de sociedad!