Un millón de razones: Indonesia 1965

Por Chema Sánchez


Soldados holandeses participando en la masacre

Se está poniendo últimamente muy de moda el viejo truco mediático-manipulador de la burguesía de intentar hacer comparaciones fuera de contexto contra sus adversarios. Cuando a las élites no les gustan (no les interesan) las medidas económicas, políticas o sociales que se les presentan como alternativa, mandan desacreditarlas relacionándolas con las mismas que hay en países “dictatoriales” -según la hegemonía mundial- como Venezuela o Cuba. Muchos de los “nuevos progres” -no sabemos si por vergüenza, cobardía o porque simplemente no tienen principios- prefieren escurrir el bulto y piden que comparen sus recetas con la de países, digamos, “capitalistas de rostro humano” tipo Holanda, Suecia… etc. 

No vamos a negar que estos han sabido gestionar mejor su riqueza acumulada entre su población, pero siguen apostando por el “Libre Mercado” (o sea, el capitalismo) que divide al mundo en globalizadores y globalizados.  Por la cuenta que les traía. Efectivamente. Porque al fin y al cabo gran parte de sus riquezas se originan en el expolio, el neocolonialismo y el genocidio sistemático a otros pueblos que poco o nada saben de la palabra “derechos”. Esos países tan ejemplares se enorgullecen y sacan provecho de su imagen de países progresistas a los cuatro vientos, pero ocultan e intentan borrar de la historia que sus “éxitos” se nutren directamente de los abusos continuados a sus “patios traseros”.

Podríamos empezar hablando de Suecia y una de sus empresas de telecomunicaciones estrella en la bolsa mundial: Ericsson. Seguramente esta transnacional, con un beneficio neto de más de once mil millones, destinará una parte de los dividendos de sus socios y contribuye con sus impuestos a mantener las arcas del Estado donde habita su sede central y conservar así el estatus de “país-ejemplo” a seguir por los demás en materia de derechos sociales y humanos. Derechos inexistentes en la sufriente población de la República del Congo, en el corazón de África, donde las guerras por el control de los grandes yacimientos minerales (como el coltán, imprescindible para los dispositivos electrónicos) han causado grandes masacres desde 1998. Una situación de guerra muy sospechosa, teniendo en cuenta que el conflicto comienza con el boom de la telefonía móvil. Seguro que Ericsson no incluye al pobre congoleño que extrae el ansiado mineral, a cambio de una miseria o de su propia vida, en su plantilla de más de 78.000 empleados. Y Suecia, que sí incluirá en su PIB lo que extrae del pobre congoleño, no tendrá en cuenta las migajas que éste gane a la hora de calcular la renta per cápita  tan avanzada del país nórdico. En definitiva, sólo será sueco lo que el esclavo congoleño reporte, no la miseria que a este le mal llega. 

Pero, en este artículo,  vamos a prestar más atención a la tragedia que sobrevino en un país, Indonesia, que fue colonia de otro campeón del Estado del Bienestar: Holanda. Cierto que la tragedia imperial que asolara a Indonesia fue culminada de la forma más bárbara por EEUU, pero fue Holanda quien tuvo que recurrir a la primera potencia mundial para mantener sojuzgada, a costa de lo que fuera, al gran país asiático. 

Holanda era conocida durante cuatro siglos como el Imperio Neerlandés. Su “Compañía Holandesa de las Indias Oriéntales” fue pionera en un nuevo tipo de colonialismo: el capitalista empresarial; disciplina que ha contagiado a todos los países del “primer mundo” como ejemplo a seguir en el campo de la política exterior. Un imperio que cae con una revolución y la independencia en uno de sus últimos dominios: Indonesia (potencia regional en combustibles fósiles, gas natural y materia prima). Una historia trágica de cómo someten y rapiñan los imperios a los pueblos, que nos detendremos a contar.

Todo empieza con un “despertar nacional” a principios del siglo XX en aquella región asiática. Dentro de los movimientos nacionalistas que allí se dan, un exiliado socialista holandés e internacionalista -paradójicamente-, Henk Sneevliet (Maring), funda en 1914 la Asociación Socialdemócrata de Indias. Inicialmente fue un foro de debates que culminó convirtiéndose en el Partido Comunista de Indonesia (PKI) en 1924, ilegalizado por el Imperio Neerlandés por estar detrás de varios levantamientos populares en Bantén y Sumatra, y que finalmente pasó a la clandestinidad en 1927. Otro de los partidos a destacar dentro del movimiento por la independencia es el Partido Nacional Indonesio (PNI) en el que destacó la personalidad de Ahmed Sukarno, líder y fundador de este partido en 1927, un burgués de centro izquierda que compartía la línea de los países “no alineados”. Durante la II Guerra Mundial Indonesia es ocupada por el Imperio Japonés y Holanda se ve imposibilitada de “defender” su colonia, ya que se encontraba en el escenario central del conflicto en Europa contra la Alemania Nazi. 

Durante los tres años y medio en que se prolonga la ocupación, los japoneses, por razones culturales e intereses propios, estimularon y propagaron más el sentimiento de soberanía en Indonesia. Se crearon nuevas instituciones y organizaciones vecinales. Cuando acaba la gran guerra, inmediatamente el PNI, con Sukarno como dirigente indiscutible, junto a facciones nacionalistas y el PKI declaran la independencia de Indonesia (1945). Los holandeses, que quedaron críticamente tocados después de la II Guerra Mundial, tacharon a la nueva república de cómplices del fascismo japonés y pidieron ayuda económica -cómo no- a EEUU para poder mantener su colonia. 

La revolución por la independencia duró 4 años y supuso más de 100.000 víctimas mortales indonesias, incluyendo civiles, frente a unas 6.000 de los imperios Neerlandés,  Británico y Japonés. También se vieron obligadas a la migración masiva cientos de miles de personas. Y, en definitiva, Indonesia  sufrió un estrangulamiento económico por parte del bando imperial vencido.

Después de ser reconocidos como república independiente en 1949, Sukarno es proclamado presidente, teniendo que hacer frente a unos grandes gastos vitales de los afectados por la guerra y el saqueo de los imperios. Durante 16 años llevará a cabo sus políticas mediante un conjunto de cinco principios fundamentales, denominado “Pancasila”, que mezclaba la justicia social y la creencia en un Dios supremo, y que dura hasta día de hoy, aunque a modo de maquillaje. Y mantendrá con el PKI una relación de amor-odio. Así, aunque éste será reprimido en un primer momento para intentar menguar su enorme influencia sobre las masas pobres, más tarde se convertirá en un aliado en el “Nasakom”, una alianza de todas las fuerzas nacionalistas y religiosas contra las presiones externas imperialistas.

A partir de 1950 el PKI comienza a coger una fuerza imparable. Y, sobre todo en localizaciones rurales, contribuyó a organizar a unas masas empobrecidas desde la guerra y bajo la amenaza constante de que el Estado se convirtiera en una Teocracia. 

Se crearon sindicatos obreros, asociaciones juveniles, de mujeres y de campesinos pobres. El PKI alcanzó en 1965 más de 3.000.000 de afiliados y se especula con que tenía a más 15.000.000 ciudadanos organizados (una quinta parte de la población de Indonesia). Se convertía así en el tercer partido comunista más grande del mundo, después de los de la URSS y China. 

Su importante influencia en la sociedad hizo que el gobierno de Sukarno realizara algunas reformas importantes como: apoderarse de los bienes de las compañías holandesas, nacionalizar el petróleo e iniciar una tímida reforma agraria. Además, la presión constante influyó para que se recortaran progresivamente privilegios a los terratenientes militares nacionalistas y a los líderes religiosos del islam (Indonesia es el país con más musulmanes del mundo).


En plena Guerra Fría, EEUU se percata del “peligro” y teme por este crecimiento excesivo (para sus intereses) del movimiento comunista internacional en otra región tan habitada del globo terráqueo. El secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, declaró que “el PKI se había convertido en el principal problema en Indonesia” y el embajador norteamericano explicaba que no era posible vencerles “recurriendo a los medios democráticos ordinarios”. La intervención estaba asegurada. 
Se apoyaron financieramente todas las iniciativas de los generales indonesios para convertir al ejército a la doctrina de la contrainsurgencia. Transformaron el “Indonesian Army Staff and Command School de Bandung” (SESKOAD) en un centro de entrenamiento para la conquista del poder político, que tuvo todos los mimos del Pentágono, la RAND y la fundación Ford. Se realizaron varias escaramuzas y bombardeos para mantener “la no preservación de la unidad en Indonesia” -según Dulles-. Por esas fechas el 90% de las armas eran de procedencia norteamericana. Además, el 17 de octubre de 2017 sale a la luz un informe donde se desvela que EEUU, mediante la CIA y sus diplomáticos dieron información delicada y más 5.000 nombres de dirigentes comunistas a los escuadrones de la muerte nacionalista de Indonesia.

Cuando el PKI se convirtió en una seria amenaza para los intereses de los poderosos, se produjo “inesperadamente” el asesinato de 6 generales nacionales por mandos intermedios del ejército (Movimiento 30 de septiembre). Fue la excusa perfecta para achacárselo sin pruebas al partido comunista como único culpable y, de paso, acusarlo de golpista. A partir de aquí, da comienzo el periodo denominado: “La masacre de 1965”, llevado a cabo por una confluencia despiadada entre fuerzas armadas nacionales, los privilegiados líderes religiosos, las mafias callejeras y, cómo no, el “Tío Sam”.

En octubre de 1965, después de que el PKI intentara de forma pacífica durante años llegar al socialismo, fue prohibido y sus militantes condenados a muerte por “El Terror Blanco” liderado por el general fascista indonesio Mohammad Suharto. Fueron asesinadas de las formas más brutales entre uno y tres millones  de personas (no se conoce la cifra exacta), comunistas, simpatizantes y civiles que nada tenían que ver. En el documental “The Act of Killing”, de Joshua Oppenheimer, podemos ver a los cabecillas de las mafias alardeando de lo “gánsteres” y sádicos que eran (esta última palabra reiterada en bastantes ocasiones); y de cómo campaban a sus anchas violando, empalando, estrangulando con cables, arrollando con vehículos y obligando a cavar tumbas para luego degollar a todo lo que olía a socialista. El presidente Sukarno apartó la mirada del exterminio, alegando que se debía “mantener el orden en Yakarta” contra los comunistas, dando el poder finalmente en marzo de 1966 al general Suharto. Un golpe de estado encubierto que mantuvo en una dictadura brutal y corrupta al pueblo indonesio durante 31 años. Cientos de miles de personas, fueron detenidas, encarceladas o deportadas a campos de concentración. La ola de represión fue tan violenta que el PKI jamás pudo recomponerse. 

Estos hechos fueron encubiertos al mundo entero. Los periodistas internacionales que intentaron narrar lo que allí ocurría durante el periodo de la masacre fueron vetados y marginados por los grandes medios de comunicación dominantes. El conflicto de intereses era tangible. ¡Cómo mancillar el buen nombre de Los “Campeones de la Democracia” (EEUU) con este genocidio tan atroz -parecido al de las purgas nazis en los 40- que ya se encontraban por esas fechas imponiendo la “Doctrina Monroe” al pie de la letra en toda Latinoamérica y derrocando Estados en Oriente Medio, Oriente Próximo y Asia para ponerlos al servicio de sus carteras clientelares!
Podemos ver en el documental, que, a día de hoy, hablar de comunismo en el país insular esta repudiado y la matanza ha sido borrada de la memoria colectiva. Además, las mafias siguen teniendo “cheque en blanco” para cometer los abusos que quieran.
Todo apunta a que esta atrocidad, catalogada como uno de los peores genocidios del siglo XX por el tribunal de la Haya, no será juzgada. Los actores principales -algunos presumiendo que han segado más de 1.000 vidas entre sus manos- seguirán impunes, ya que sus planes no entraban en contradicción con los de la(s) perversa(s) agenda(s) imperial(es). Y bien merecerían procesos como los de Nuremberg.

Como conclusión, cuando relacionen nuestra forma de pensar o de actuar con las de “las peores dictaduras socialistas”, esas que jamás han provocado una guerra en un país extranjero para arrebatarles sus recursos, la verdadera cuestión de principio será que no nos relacionen con las “mejores repúblicas democráticas capitalistas”, alineadas con el imperialismo y de las que tenemos más de un millón de razones para no parecernos.

(*) Chema Sánchez, es miembro del Foro contra la Guerra Imperialista y la OTAN