La huelga de Terpel 41 años después

Era 1976, un momento clave para el país, un momento donde el régimen franquista se resquebrajaba. Pero a medida que la dictadura se resquebrajaba también se abrían grandes expectativas para los que pretendían cambiar este país, aquellos que habían estado atenazados por el miedo y habían sufrido una represión sin tregua.
Enero del 76 fue un vendaval de luchas-. El movimiento obrero se ponía en pie de huelga y comenzaba a exigir no sólo reivindicaciones laborales sino sus ganas de romper con el sistema que tanto le ataba a la miseria y les oprimía, arrancando con la lucha todo lo que habían negado hasta entonces a la clase obrera.
En este reto de la clase obrera por romper las cadenas de la opresión a la que estaban sometidos Terpel también contribuyó a ello con sus 70 días de huelga, del 26 de enero al 5 de abril. Su lucha acabó consiguiendo la readmisión de los cuatrocientos sesenta y tres hombres y mujeres que fueron despedidos, la libertad de los detenidos en el conflicto y conseguir una parte importante de las reivindicaciones que  exigían.

Terpel era una fábrica de curtidos y confección de abrigos de piel situada en la zona industrial del Pueblo de Vallecas. La entrada principal estaba en la carretera de Vallecas a Villaverde. Zona en la que había otras fábricas como Metal Mazda, Ripoli, Butren o Metales Preciosos.
Terpel fue ampliando las instalaciones hasta agrupar a unos 600 trabajadores entre 1973 y 1976. La actividad de curtido de pieles estaba  compuesta principalmente por hombres. No se cumplían las mínimas medidas de seguridad. Las condiciones de trabajo eran nocivas para la salud por la  utilización de  productos tóxicos para el tratamiento de las pieles.

La confección de abrigos de piel vuelta, “nobuk”, estaba a cargo de unas ciento cincuenta  personas, de ellas, el 90% eran mujeres jóvenes. No se precisaba gran especialización para comenzar en el oficio, muchas de ellas eran jóvenes de 14 a 16 años que eran contratadas como aprendizas, siendo éste era su primer contacto con el mundo laboral.

La huelga llegó a Terpel a través de aquellas trabajadoras y trabajadores que vieron la necesidad no sólo de pedir mejores condiciones de trabajo y un salario digno, sino de aprovechar el momento histórico que el movimiento obrero estaba protagonizando.
A pesar de ser una asamblea acalorada y con intervenciones poco reflexivas, se podía palpar las ganas de arrancar los derechos arrebatados por la patronal y de no doblegarse ante ella.

Una comisión elegida en asamblea, conformada mayoritariamente por mujeres, fue la encargada de presentar las reivindicaciones aprobadas en ella. La negativa del empresario fue rotunda, no aceptaba la tabla reivindicativa. Su NO tajante  desencadenó la respuesta de los trabajadores: Si no hay negociación habrá paros.
El lunes 26 de enero, a la hora acordada, prácticamente la totalidad de la plantilla realizó un paro de cuatro horas. El empresario no se lo podía creer, las advertencias de los trabajadores se estaban cumpliendo. El jefe, Eliseo Yañez Rodríguez, hombre corpulento, tez morena, barba, voz potente y andares enérgicos, paseó por la gran nave industrial con su grupo de acólitos, mirando de forma intimidante. Terpel, su fábrica, estaba en paro, sus beneficios podían peligrar. Los hombres y mujeres a los que "él daba de comer", le estaban retando.

Al día siguiente el paro fue  de 6 horas y media. La patronal decidió recurrir a la Policía y a la Guardia Civil para que desalojaran a todos los trabajadores   de su puesto de trabajo. Al tiempo que eran desalojados se enteraron que la empresa había impuesto un CIERRE PATRONAL- Cuatrocientos sesenta y tres trabajadores recibieron esa misma tarde un telegrama en el que se les informaba de su despido.

Fueron  desalojados de los locales del Sindicato Vertical, impidiendo realizar asambleas en sus dependencias. Las iglesias barriales fueron lugares donde las asambleas de las y los trabajadores de Terpel comenzarían a organizar la lucha venidera.

En la larga huelga de Terpel la asamblea siempre fue el  órgano soberano de discusión, información y decisión. Eligieron una comisión amplia en la que estuvieran representantes de las diferentes secciones de los procesos productivos. Era una forma de elección directa que permitía una participación activa donde se elegía a los representantes que merecían la confianza y el respeto del resto de sus compañeros.

Los trabajadores se dividían en grupos para recorrer barrios, universidades, zonas industriales, zonas comerciales...en las que explicaban la represión de la patronal y la violencia policial que sufrían por exigir sus derechos. Así fue como el lema "Somos trabajadores de Terpel, estamos despedidos y queremos nuestra readmisión” comenzaría a retumbar en Madrid.

Algunos trabajadores sintieron por primera vez el significado de la palabra solidaridad. Ésta llegaba desde muchos  ámbitos, mediante comunicados de apoyo, con la divulgación  de la lucha y con las ayudas económicas de personas sin muchos recursos u otras fábricas les daban, entendiendo que la victoria de Terpel era una victoria para toda la clase obrera.

Muchos trabajadores comenzaron a tomar conciencia de clase: "Nosotros estamos aquí y ellos, la patronal, el capital, están enfrente, ellos tienen las leyes franquistas, los cuerpos represivos y el dinero. Nosotros somos los productores de su beneficio y tenemos  la unidad y solidaridad de la clase obrera para arrancarles lo que nos pertenece".

Aun así, la actividad laboral de alguna sección  de la fábrica se reanudó puntualmente con algunos esquiroles, trabajadores que  no fueron despedidos y gente que se contrataba. Su actitud egoísta y cobarde podía poner en peligro los objetivos de la mayoría. Se les llamaba esquiroles con gritos ensordecedores cuando entraban a trabajar, se les silbaba e insultaba y se contenían unos a otros para no agredirles. Hubo enfrentamientos que terminaron a pedradas contra los coches en los que se refugiaban los lameculos del patrón.

El día 25 marzo, por fin, se iba a celebrar el juicio interpuesto por los trabajadores contra el injusto cierre patronal y el despido colectivo. Un grupo de abogados laboralistas estuvieron desde el primer día dando cobertura legal a los problemas que se fueron planteando.
Tres días antes, los trabajadores de Terpel se encerraron en la Iglesia de Entrevías y desde allí salieron hacia el juicio, celebrado en la Magistratura de Trabajo, situada en la calle Martínez Campos, de Madrid.

El encierro de los trabajadores y trabajadoras fue una medida de presión para denunciar la situación de desprotección a la se había sometido a los trabajadores. La solidaridad de los vecinos de Vallecas desbordó todas las previsiones. La policía, inicialmente, no permitía la entrada a la Iglesia, pero los vecinos llamaban a las ventanas de la parte trasera de la iglesia y por allí les entregaban mantas, comida, periódicos, incluso cartas de apoyo. Los hombres y mujeres que participaron en el  encierro tenían miedo, incertidumbre respecto a lo que pasaría en el juicio, pero allí estaban, a veces, venciendo reticencias familiares, otras, con la prohibición expresa de algunos padres que no dejaban que sus jóvenes hijas estuvieran ahí. Se vencieron barreras personales y económicas y la unidad fue el acicate que les hizo luchar y vencer. Los curas responsables de la iglesia consiguieron que se abrieran las puertas  para que la gente pudiera mostrar su solidaridad. Grupos de amas de casa, gente individual, familiares y trabajadores de otras empresas. Se convirtieron en un ejemplo de resistencia.

El día del juicio decidieron ir caminando en manifestación hasta el metro. Cerca de 1000 personas se dirigieron hacia la Magistratura de Trabajo para ver qué decía la justicia del Cierre Patronal. Las cientos de personas presentes se agolpaban, querían ver y oír al juez y a la empresa que les había despedido. Debido a los murmullos que en la pequeña sala abarrotada se producían, el juez amenazó con suspender el juicio. La indignación fue en aumento, tras dos meses de huelga esperando el juicio, la amenaza de suspender el juicio era considerada como un atropello a la lucha de los trabajadores de Terpel. El juicio acabó suspendiéndose con la aparición de los representantes de la empresa; los trabajadores allí presentes actuaron espontáneamente entremezclando los  insultos con gritos de readmisión.  Ceniceros, sillas y barras de cortina  fueron a parar contra los representantes de la empresa. Aquellos verdugos que durante setenta días querían empujar a cerca de quinientos trabajadores a la miseria acabaron ese día buscando refugio en el despacho del juez.

Al día siguiente, esquiroles, unos cuantos matones contratados y los jefes armados con palos, hachas y una escopeta salieron junto a la Guardia Civil a agredir a los huelguistas. Se detuvieron a 6 hombres y 4 mujeres que entraron en las cárceles de Carabanchel y Yeserías el 30 de marzo. La decena de detenidos fue un gran mazazo. A estos se sumaron las detenciones de un hombre y una mujer cuando repartían propaganda a las puertas de la fábrica Uralita (Getafe), en la que se denunciaba la represión policial, las detenciones y el cierre patronal.

A pesar de ello, la represión no pudo acabar con la unidad de los trabajadores, convirtiéndose en un tema de primera línea la puesta en libertad de los doce detenidos, implementando más la lucha contra la patronal.

El día 1 de Marzo, en el Palacio de Cristal de la Casa de Campo se produjo el encuentro con la empresa. Los trabajadores lograron que se cumplieran las exigencias por las que habían luchado: Libertad para los compañeros y compañeras detenidas,  readmisión para los 463 despedidos, NO a sanciones graves para la comisión negociadora elegida en asamblea y el compromiso de negociar la tabla reivindicativa.

La huelga de Terpel nos enseña el desprecio que la patronal y la oligarquía siente hacia la clase obrera. Este caso nos demuestra que los poderosos nunca dejaran que se les arrebate alguno de sus privilegios, recurriendo a la violencia si es preciso, tal y como hizo el dueño de Terpel cuando apareció en un piquete con la escopeta en la mano.

Por otro lado, la huelga de Terpel fue la victoria de las y los trabajadores. Esta lucha nos recuerda que la solidaridad de la clase obrera, la unificación de sus distintas luchas y la organización de ésta es esencial para reconquistar todos aquellos derechos que hemos perdido.

Recuperar ahora este pedacito de memoria es actualmente más necesario que nunca. La lucha de Terpel es una bocanada de aire que nos ayuda a tomar impulso en estos momentos oscuros y nos demuestra una vez más que la clase obrera organizada y luchando es el único sujeto capaz cambiar las cosas.


Antiguas trabajadoras de Terpel.

Publicado en: Pim Pam Pum. Nº 21 Abril 2017.
(Revista Red Roja Vallekas)