Revista Pim Pam Pum nº 20

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8 de marzo. Romper las cadenas, empezando por las de nuestro cerebro.



Hace 100 años las mujeres de Petrogrado daban el pistoletazo de salida a la Revolución.

 

Hace ahora 100 años, el 23 de febrero de 1917 (el 8 de marzo según el calendario occidental) las obreras textiles de Petrogrado dan comienzo a una huelga general que desencadenará la Revolución de Febrero.

Al calor del augue de la participación de las mujeres en las luchas obreras y por su derecho al voto, la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas reunida en Copenhague en 1910 había acordado establecer el día 8 de marzo como jornada internacional de lucha por los derechos de las mujeres.

En 1917, en mucho países europeos y, sobre todo, en Rusia, el ambiente era de gran agitación obrera. Cualquier huelga podía dar lugar a una situación insurreccional en la que la reivindicación de acabar con la guerra se extendía como la pólvora en el frente, entre el campesinado y, sobre todo, en los barrrios obreros.

Ante la propuesta de huelga general lanzada por varios Soviets de diferentes fábricas, el Comité de la barriada de Vivorg ( una especie de Vallekas de Petrogrado) la había desaconsejado. Estimaba que podía desencadenarse un levantamiento y que no estaban aún dadas las condiciones para la victoria.

En una situación de gran miseria, cuando los muertos en el campo de batalla se contaban por millones, las obreras textiles se lanzaron a la huelga, al grito de “Queremos pan”, “Abajo el Zar”, “Abajo la guerra”. Fueron recorriendo las fábricas reclamando su extensión y la solidaridad de sus compañeros metalúrgicos. Finalmente, las organizaciones bolcheviques se pusieron al frente de la movilización. Según uno de sus dirigentes: “A pesar de la feroz represión del régimen, la idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie podía suponer el giro que habría de tomar”.

Las obreras de Petrogrado, en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora habían dado comienzo la Revolución de Febrero, inicio del proceso que culminaría con la Revolución Soviética de Octubre.



Sobre todo para las mujeres, y más que nunca, la lucha es el único camino.



Cien años después las mujeres obreras y especialmente las inmigrantes, que sufren en mayor medida la explotación y la pobreza,empiezan a volver a participar en el proceso colectivo de lucha y emancipación.

Pero aún hoy, las mujeres aparecemos fundamentalmente en los medios de comunicación como víctimas de asesinatos machistas, presentados como inexplicables o fruto de arrebatos. Sin embargo son muertes evitables y su exasperante escalada es el resultado de decisiones políticas.


Esos asesinatos son la expresión exacerbada del machismo cotidiano que ha venido estructurando históricamente las diferentes formaciones sociales sobre la base de la subordinación de las mujeres y que no sabe responder más que con la violencia más feroz ante su voluntad de independencia. Machismo que, a pesar de los cambios sociales derivados de la masiva incorporación de la mujer al trabajo, se reproduce a través de los mitos del enamoramiento por los grandes medios de comunicación y por la subcultura de masas.

A todo ello se añade la decisión de los diferentes gobiernos de desmantelar los servicios especializados – eliminándolos, privatizándolos o infradotándolos – que son clave para que las mujeres puedan ejercer el derecho a la asistencia social integral. Gobiernos que al mismo tiempo están destrozando la sanidad pública, eliminando los escasos servicios que había de información sobre derechos sexuales y reproductivos y boicoteando el papel clave del personal sanitario en la detección de casos de violencia de género.

A todo ello se añade un sistema judicial, producto de la misma ideología, que invierte la carga de la culpa, institucionaliza la sospecha frente a las denuncias, multiplica la impunidad con sentencias que llegan mal y tarde o que ni siquiera se aplican.

Para las trabajadoras, cada una sola y aceptando el orden establecido, no hay salida. La deuda de esta crisis capitalista se está pagando sobre nuestras espaldas. Las consecuencias de los recortes en salarios y gasto social vuelven a echar sobre la espalda de las mujeres el peso de todos los cuidados a niños, personas mayores y enfermas,  reduciendo al mínimo las posibilidades de tener dinero, tiempo y fuerzas para denunciar, buscar ayuda y salvar la vida en situaciones de violencia patriarcal.



Romper las cadenas, salir a la calle, ocupar nuestro lugar en la lucha.



La única solución es salir de los cuatro muros de la casa, tantas veces convertida en una cárcel. Las mujeres trabajadoras, hoy como ayer, no tenemos otra alternativa que ocupar nuestro lugar en la lucha obrera y popular. Es en el seno de la misma donde se abren caminos de cooperación y solidaridad que permiten que todas y todos ocupemos nuestro lugar en el combate. Todo es posible menos contemplar pasivamente cómo nos desgastamos en vida, infladas a pastillas para intentar engañar la angustia.


Es preciso romper nuestras cadenas, sobre todo las que invisibles, atenazan nuestro cerebro. Necesitamos, como dice Marx, quitarnos de encima “El peso de la tradición de todas las generaciones muertas que oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Ese peso muerto de la tradición que ahoga especialmente a las mujeres porque es el que en mayor medida asegura la sumisión y la reproducción de los pilares de la opresión.

Sólo sacudiéndonoslo e incorporándonos al combate general por la emancipación podremos pasar de ser víctimas a sujetos de nuestra historia.