¿Existe el neoliberalismo? Algunas reflexiones sobre la posible utilidad de la categoría “neoliberalismo”.

José Luís López, Javier Fernández y Carlos A. Buendía.


Neoliberalismo y lenguaje reformista. Confusión de estructura y superestructura.

El lenguaje reformista y oportunista, que rehúsa la transformación profunda de las estructuras sociales, emplea una fraseología exclusiva del nivel de superestructura. Hay que luchar “contra el franquismo”, “contra la derecha”, “contra el conservadurismo”, “contra los neocon” o “contra el neoliberalismo”.

Por supuesto, rehúsa llamar a la lucha contra los poderes de reales de clase que se encuentran detrás de tales corrientes político-ideológicas. No enfrentar ni denunciar a la oligarquía financiera, ni al capitalismo monopolista financiero y el gran capital multinacional, como últimos y máximos beneficiarios de las políticas de agresión contra los trabajadores y de desmantelamiento de las conquistas sociales de las capas populares y de la clase obrera. No: sólo enfrentar a los partidos de derecha, o peor aún, dentro de la personalización de la política, como interesada y ruin forma de disolución del contexto histórico: “contra Aznar”, “contra Rajoy”, “contra Trump”…. Son formas de manipulación tan antiguas como la demagogia reformista. Ni las ha inventado Podemos ni Pablo Iglesias Turrión, ni Santiago Alba Rico, ni el expresidente uruguayo Mújica, ni los que se dicen altermundistas.

Se trata de una deliberada confusión entre el neoliberalismo a nivel de superestructura político-ideológica (como recetario y programa de contornos bien definidos, al servicio de la violencia de la clase dominante contra las clases dominadas), y la realidad de capitalismo monopolista financiero en su etapa imperialista de hegemonía, a nivel de estructura económica. Se trata de una mixtificación, de un enmascaramiento de la estructura por la superestructura. Es decir: se cumple y secunda al pie de la letra la función enmascaradora de la ideología dominante en el capitalismo. Con razón decía un pensador francés que el marxismo “rechaza la seducción (léase manipulación ideológica)” propia de las sociedades llamadas posmodernas. La seducción, la manipulación ideológica dominante, enmascara. La “antipática” función principal del marxismo es precisamente desenmascarar.

Deslindando pues los campos: el neoliberalismo es un fenómeno o categoría superestructural. La estructura económica sigue siendo la del capitalismo en su fase monopolista-imperialista y de descomposición.


La era del imperialismo y la descomposición capitalista.

En lo esencial, la degeneración senil del capitalismo prosigue, y una mera lucha partidista, institucional y basada en el cretinismo parlamentario de que hablaba Engels, no la va a frenar.

Las ideas de Hilferding y Lenin sobre la era imperialista del capital continúan plenamente vigentes. Una contemplación atenta de la descripción elaborada por el gran revolucionario soviético en su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo, aún sobrecoge a día de hoy por su lucidez profética. Tomemos como ejemplo el capítulo VIII: El parasitismo y la descomposición del capitalismo. En él afirma Lenin: “El mundo ha quedado dividido en una minoría de Estados usureros y una mayoría gigantesca de Estados deudores.” No es preciso subrayar que, a medida que las contradicciones imperialistas se agudizan cada vez más, la minoría de Estados usureros disminuye, y la mayoría de Estados deudores se hace cada vez mayor, como ha sucedido con España, unida a estos últimos desde el infausto 2008.

Lenin cita al economista alemán Schulze-Gaevernitz: “Inglaterra se está convirtiendo paulatinamente de Estado industrial en Estado-acreedor. A pesar del aumento absoluto de la producción y de la exportación industriales, aumenta la importancia relativa para toda la economía nacional de los ingresos procedentes de los intereses y los dividendos, de las emisiones, de las comisiones y de la especulación.” Sin embargo, y a medida que las contradicciones imperialistas se hacen más profundas y abismales, se producen fenómenos como la desindustrialización británica de la Era Thatcher. La producción industrial es transferida a países donde la concentración orgánica del capital es más baja, las condiciones laborales más aberrantes, y la fuerza de trabajo más barata. El desempleo estructural, también impulsado por la creciente tecnologización, se dispara. Entretanto, los voceros de la burguesía han hablado cínicamente en los mass-media de “era postindustrial”, de la “era del ocio”.

Tales chácharas tienen lugar mientras que los trabajadores africanos mueren recogiendo coltán para nuestros teléfonos móviles o mientras las obreras fabriles de Malasia sufren ataques con convulsiones a causa del exceso de trabajo. Pero no es necesario irse tan lejos: también mientras aquí la deuda externa decide la política interior, las pensiones de la Seguridad Social son saqueadas, el trabajo se precariza y abarata a pasos agigantados, las viviendas hipotecadas son vendidas a fondos-buitre, o barrios obreros céntricos son vaciados violentamente por la gentrificación urbanística. La “era del ocio” es una impostura mixtificadora para fomentar la desmovilización social y la anulación de la conciencia de clase.

Entretanto, el imperialismo continúa su dominación y su decadencia. Hasta aquí estamos de acuerdo.


Neoliberalismo y superestructura.

No obstante, las evoluciones históricas de la ideología burguesa en la superestructura han de ser tenidas en cuenta cuando se habla de la categoría “neoliberalismo”. Así por ejemplo, las construcciones ideológicas del socialcristianismo, el catolicismo social o la socialdemocracia –expresiones de la derecha de la CEDA, del franquismo, de la Democracia Cristiana italiana y germano-occidental, etc- han quedado obsoletas hoy. Se crearon contra el amenazador avance del movimiento obrero y de la Unión Soviética y demás países socialistas. La burguesía pactó algunas mejoras sociales con organizaciones obreras (generalmente domesticadas) para lograr su propia supervivencia como clase dominante. La prédica del “cristianismo social” se creó para frenar la concienciación de clase de los explotados y oprimidos, como también la socialdemocracia revisionista, reformista y colaboracionista, desde Kautsky y Bernstein a Willy Brandt, Bettino Craxi, Harold Wilson o Felipe González. Y en el hoy menguado, e inutilizado, programa reformista de Pedro Sánchez o Pablo Iglesias Turrión.

Otro caso más complejo es el del fascismo. Este se labró en la misma época como ideología seudorrevolucionaria que parafraseaba las ideologías proletarias (celebración del primero de mayo, la camisa negra mussoliniana, el rojo y negro de la bandera de Falange, la demagogia “sindicalista”, la iconografía de exaltación del obrero o “productor”, etc). Hoy día, el Estado Social no se considera necesario para mantener la dominación de clase, aunque la falsa revolución fascista vuelve a asomar sus orejas de lobo en países como Grecia, Polonia, Ucrania o Hungría, y se traviste de populismo social en Francia, Italia o España (léase Vox y Ciudadanos, sobre todo). He aquí una categoría ideológica que la clase dominante sí está dispuesta a reutilizar.

El neoliberalismo, o Escuela de Chicago en su origen, fraguó una batería de medidas de choque para disolver la lucha política de clase del proletariado y consolidar la hegemonía del gran capital financiero. Pero ¿qué es el neoliberalismo? ¿Podría ser válido como categoría para un análisis marxista?


El neoliberalismo como programa de choque.

El neoliberalismo es una manifestación ideológica burguesa, por tanto mixtificadora y encubridora de la realidad histórica de la lucha de clases. La retórica neoliberal insiste febril y obsesivamente en “el mercado”, tornando a hacer bueno por enésima vez aquel viejo refrán de “dime lo que presumes y te diré de lo que careces”. En época de concentración monopolista del capital y de dominio del gran capital financiero, el neoliberalismo emplea la vieja retórica del mercado libre… cuando ya la libre concurrencia económica apenas existe. En el aspecto político, exacerba la represión mientras habla de “democracia” y “patriotismo parlamentario y constitucional”, en tanto ilegaliza partidos, criminaliza la protesta, impone leyes mordaza, o hipoteca toda soberanía política a la deuda externa y al gran capital foráneo. Volver ideológicamente a la época de la democracia burguesa y la libre concurrencia… cuando vivimos en la era de los monopolios y de una creciente represión. Tal es la finalidad concreta de enmascaramiento reservada al neoliberalismo. Y, como puede verse, es una finalidad concreta vinculada a situaciones históricas concretas.

En ese aspecto, el capitalismo experimenta una regresión, propia de la senilidad, a sus tempranas edades de liberalismo doctrinario y oligárquico: el liberalismo doctrinario de Guizot y el moderantismo de los Nicomedes Pastor Díaz o Juan Bravo Murillo, corrientes políticas que, en época de pacto entre la todavía débil burguesía ascendente y las castas dominantes de abolengo feudal (el desarrollo del capitalismo a expensas del feudalismo de que hablaba Marx), limitaban toda soberanía popular y establecían sangrientas dictaduras encubiertas bajo el nombre de la libertad. Caso de Narváez o de Napoleón III. La tendencia de la burguesía al régimen de dictadura terrorista con el que afianzar sus privilegios y dominación, así como la corrupción generalizada inherente a su orden social, es tan antiguo como el poder burgués mismo, así que no merece mayor atención. En esta faceta, el neoliberalismo ha innovado poco. Liberalismo nunca fue sinónimo de democracia, y sí, a menudo, de dictadura terrorista burguesa.

Pero es en la panoplia de medidas de choque económicas donde el neoliberalismo se hace notar plenamente como entidad propia desde su gestación (en la Universidad de Chicago de los años 50) y su praxis primera (en la Sudamérica de las dictaduras militares proyanquis de la Operación Cóndor) hasta hoy.

En efecto: insistamos en que, históricamente, el liberalismo como tal es la superestructura ideológica de la época de libre concurrencia capitalista, que se extiende desde el siglo XIX hasta el primer tercio del XX. Posteriormente, el liberalismo como categoría superestructural, declina, quedando desplazado por fenómenos ideológicos propios de la era imperialista o de la necesidad de detener la amenaza de la revolución proletaria: los ya mencionados socialcristianismo, fascismo, democracia cristiana, socialdemocracia. Todos ellos desempeñan una misión encubridora, mixtificadora, esencialmente mentirosa, porque al fin y al cabo, y parafraseando a Lope, se trata de que el capital “se suceda a sí mismo”. Sin embargo, no por ello dejan de existir como categorías históricas superestructurales en la evolución (y decadencia) del capitalismo.

Por su parte, el neoliberalismo es la categoría ideológica dominante del capitalismo en época en que, pretendidamente desaparecida o neutralizada la amenaza revolucionaria del siglo XX, se implanta políticamente la dictadura abierta de los monopolios. Se parlotea incesantemente sobre el libre mercado, el pluralismo político y la democracia burguesa. Y tales realidades, propias del liberalismo clásico de la época de libre concurrencia, han desaparecido. El neoliberalismo sólo invoca el laissez faire, laissez passer para justificar la libertad del gran capital financiero monopolista de saquear la economía y al Estado mismo y de explotar a la aplastante mayoría de la población, cada vez más proletarizada y, por supuesto, incapaz de competir en un “mercado” que ya apenas existe.

El primer denunciante del neoliberalismo como superestructura criminal de la no menos cruenta supremacía del monopolio, fue precisamente un discípulo renegado de la Escuela de Chicago: el economista alemán, y marxista converso, André Gunder Frank. En sendas cartas abiertas dirigidas, en 1974 y 1976, a los dos principales padres del engendro neoliberal (Milton Friedman y Arnold Harberger), Gunder Frank habla de la aplicación de las doctrinas de la Escuela de Chicago en Chile como una política calculada de genocidio económico.

Por supuesto, se trata de un programa o recetario que no ha variado en absoluto (y que, desdichadamente, se ha universalizado). Consiste en medidas que todos conocemos sobradamente ya: destrucción del llamado gasto social (convertido en subsidios al gran capital del sector privado) y del empleo; mantenimiento de un alto nivel de paro para abaratar el trabajo; destrucción de los convenios colectivos y debilitamiento calculado del movimiento sindical obrero; librecambismo en las importaciones-exportaciones impuesto a los países dominados junto con proteccionismo y dumping en los países dominadores y explotadores; privatización de las empresas públicas, que pasan de manos del Estado a las de la oligarquía financiera, transformándose en grandes monopolios privados, engrosando los ya existentes, o siendo adquiridas por el gran capital imperialista foráneo.

Además, predica el antiintervencionismo económico, pero en la realidad practica un masivo intervencionismo estatal en favor del gran capital monopolista y en detrimento de la inmensa mayoría de la población: lo que bien puede calificarse de “socialismo al revés” o “socialismo para ricos”.

Ninguna de estas medidas tiene nada que ver con el liberalismo, por más que el embuste neoliberal predique lo contrario. El liberalismo es la categoría ideológica burguesa de un pasado que ya no volverá.

La praxis histórica concreta del neoliberalismo ha sido magistralmente estudiada por pensadores marxistas como David Harvey (por más que se pueda estar en desacuerdo con algunas de las manifestaciones de este intelectual). En el materialismo histórico, la evolución de una estructura concreta en función de la situación concreta de una sociedad –no digamos ya de la economía mundial- nunca puede ser considerado como algo anecdótico, sino que evidentemente es determinante para su análisis como categoría. El marxismo sin la Historia no es nada. Gramsci apellidó al pensamiento de Marx la Filosofía de la Praxis. No existen las categorías ideológicas aisladas de su concreta praxis histórica.


Fidel Castro y el neoliberalismo.

Pero además fue otro gran revolucionario, el Comandante Fidel Castro, quien estimó altamente útil la categoría “neoliberalismo” para el análisis marxista y para la concienciación combativa de los pueblos frente a la dominación imperial. Fidel, poco sospechoso de “altermundialista”, y consecuente luchador cuyo ejemplo aún asombra a Latinoamérica y a tanto pueblos del mundo, sí vio en esta categoría una realidad histórica bien palpable. Y así la empleó en numerosas ocasiones. Varios ejemplos:

En discurso pronunciado en la clausura del IV Encuentro Latinoamericano y del Caribe (28 de enero de 1994), Fidel afirma: “El neoliberalismo es la expresión última del capitalismo y del imperialismo. Ser antineoliberal es ser antiimperialista; se podría añadir que ser antineoliberal es ser anticapitalista, en definitiva, aunque muchos no lo sepan.” Y así es. Los reformistas que dicen querer romper con el neoliberalismo, ¿romperán con la deuda externa criminal e ilegítima?, ¿romperán con la dominación imperialista que la ideología neoliberal ampara y que es su base económica real? Difícilmente. El enmascaramiento de la estructura por la superestructura de que arriba hablábamos no logra ocultar una realidad: el escaso, por no decir nulo, margen de maniobra de los reformistas en un mundo donde la única praxis política permitida es la neoliberal: es decir, la del imperio. Sin una transformación social profunda, es imposible romper con las imposiciones del imperialismo y su ideología neoliberal.

Es más: Fidel también hizo hincapié teórico en el neoliberalismo como superestructura ideológica de la dominación imperialista. En conversación con Tomás Borge que dio lugar al libro Un grano de maíz (1992), afirmaba: “Pienso que estamos viviendo en un mundo más ideologizado que nunca, donde se busca imponer la ideología del capitalismo, la ideología del neoliberalismo, como proyecto ideológico del imperialismo en esta fase de hegemonía mundial. Y precisamente se intenta hacer desaparecer del mapa político toda ideología que no coincida con esa ideología.” En la misma conversación, insiste, por si no hubiera quedado lo bastante claro: “El neoliberalismo es la ideología del imperialismo en su fase de hegemonía mundial.”

Algunos marxistas sí creemos en la utilidad de la categoría neoliberalismo, si bien desbrozada de las falacias con que la caracterizan altermundistas, socialreformistas o podemitas. Y queremos seguir el ejemplo de aquel soldado de las ideas que fue Fidel y seguir tomando al marxismo como lo que es, aquello que sostenía Engels: no un recetario de fórmulas muertas, sino una guía para la acción.