Errejón/Carrillo, pedir perdón 2.0

Ángeles Maestro

Quien no sabe es un imbécil. Quien sabe y calla es un criminal.
Bertolt Brecht

En los últimos días, Iñigo Errejón, ha dado un paso más para ubicar a Podemos en el marco de lo políticamente correcto para las estructuras de Poder. Sin que haya sido desautorizado por su organización, ni por su coaligada IU, ha pedido disculpas a parte de las generaciones anteriores por si se hubieran sentido ofendidas por declaraciones de Podemos que hablaban de hacer borrón y cuenta nueva con el Régimen del 78, cuando lo que pretenden en realidad es actualizarlo.


La Transición, además de una traición, fue una tragedia para el movimiento obrero y las izquierdas del Estado español. La clave de bóveda de esa maniobra estaba en el PCE, que tenía su fuerza real en el poderoso movimiento obrero, reconstruido en dura lucha contra la Dictadura. El PSOE era prácticamente inexistente. Era poco más que una carcasa rellenada con jugosos apoyos económicos, políticos y mediáticos de la CIA y la socialdemocracia que actuaban de forma coordinada y con los mismos objetivos: asegurar el control por parte de las mismas élites tras la muerte de Franco.

El pilar ideológico fundamental de esa operación política - calificada de transición democrática, modélica y pacífica y que dejó cientos de asesinatos impunes a manos de la extrema derecha y de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado (las más de las veces en oscura connivencia) – fue la amputación de la memoria histórica.
Para esa lobotomía colectiva era necesaria la complicidad de quiénes habían defendido con coraje y coherencia el orgullo de sus héroes y la legitimidad de su lucha. Para que la amnesia fuera realmente eficaz hacía falta, precisamente, la colaboración de quiénes en medio del terror de la Dictadura habían logrado inscribir la continuidad histórica de la lucha en las nuevas generaciones de la clase obrera, que no vivieron la guerra, pero que se sentían legítimas herederas de quienes cayeron combatiendo al fascismo.

Todo ese hilo rojo simboliza la bandera republicana. No es un trapo tricolor por el que no merece la pena dar la vida, como decía el secretario general del PCE Santiago Carrillo, intentando lubricar la violenta imposición de la bandera de los vencedores de la guerra civil y la monarquía borbónica heredera del franquismo. Y digo violenta, porque sabiendo que tal decisión iba a ser fuertemente contestada, los guardaespaldas del secretario general tenían la misión de arrebatar cualquier bandera republicana que apareciera en manifestaciones o actos públicos. Este drama, entre traiciones y terror fascista, nos lo cuenta de forma documentada, dolorosa y genial Alfredo Grimaldos en su libro “La sombra de Franco en la Transición” en el que narra cómo su madre cosía y recosía la enseña republicana repetidamente desgarrada por la citada escolta.

La extirpación de la memoria, ocultándola, tergiversándola o denigrándola, es un instrumento clave de control social. Sin raíces, sin identidad y sin estrategia la manipulación de masas es mucho más fácil.

El periodista argentino Rodolfo Walsh que cayó asesinado por las balas de la dictadura de Videla nos recuerda algo que debiera estar grabado a fuego en las mentes de la clase obrera: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes, ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas”.

Sobre esta amputación de las raíces históricas, acompañada de un enorme rosario de renuncias ideológicas y de traiciones políticas y sindicales, se pudo implantar sin apenas resistencia el discurso oficial. Porque cuando las clases dominantes consiguen que sus políticas sean asumidas por la izquierda, matan dos pájaros de un tiro. Logran sus objetivos sin apenas coste político, al tiempo que aniquilan la credibilidad de sus colaboradores ante su propio pueblo.

Y la operación política de la Transición, que tuvo como saldo estratégico la destrucción de la izquierda, ocurrió precisamente cuando el movimiento obrero en el Estado español era muy poderoso organizativamente, el más fuerte de Europa, y cuando las luchas sociales habían asumido objetivos políticos de ruptura con la Dictadura, incluyendo la Amnistía y el Derecho de Autodeterminación. Mediante los Pactos de la Moncloa, la Ley de Amnistía de 1977 y la Constitución de 1978, las izquierdas del Estado español – exceptuando a la izquierda abertzale, a otras organizaciones comunistas como el PCE (r) o anarquistas como la CNT – apuntalaron el poder de los vencedores de la Guerra Civil, justamente cuando más debilitado estaba por obra de las luchas obreras y populares.

El producto de la Transición, el Régimen del 1978, se erige sobre la continuidad del aparato institucional del franquismo, con el rey a la cabeza, y se ha sostenido mediante la alternancia en el gobierno del PSOE y del PP. La sucesión de ambos partidos ha ejecutado sin apenas resistencia las políticas más duras del capitalismo, dirigidas por la UE y la OTAN.

En los últimos años, cuando el descontento y la movilización han adquirido carácter masivo como resultado de las brutales políticas que han descargado sobre la clase obrera y sectores populares las consecuencias de la crisis capitalista, la verdadera naturaleza del Régimen establecido hace 40 años se ha hecho evidente para amplias capas de la opinión pública.

Podemos recogió la canalización electoral de la indignación popular que primero expresó el 15 M y que empezaba a dotarse de programa político con las Marchas de la Dignidad que denunciaban el Régimen del 78 y, sobre todo, apuntaban contra la Unión Europea, exigiendo No Pagar la Deuda. La apresurada abdicación del rey Juan Carlos en 2014 fue el resultado directo de la deslegitimación y el debilitamiento sin precedentes del engranaje político e institucional que inauguró la Transición, con la corrupción impune que le ha acompañado.
 
La andadura política de Podemos, que con un lenguaje radical que parecía retomar en su discurso los objetivos de ruptura con el Régimen del 78, actualizado con la denuncia de la UE y la OTAN, ha seguido los mismos derroteros que su homóloga Syriza. Con la diferencia de que la tragedia griega ha adquirido aquí naturaleza de farsa. La traición de Tsipras a su pueblo tras el referéndum de 2015, ejecutando las políticas impuestas por la UE con mucha mayor dureza que sus antecesores de la derecha griega, ha sido trasladada al Estado español por Podemos en alianza con IU, “preventivamente”. En aras de ser aceptado por los aparatos de poder y conseguir gobernar con el PSOE ha ido desapareciendo de sus discursos y de sus prácticas cualquier planteamiento de ruptura y de confrontación con las élites dominantes.

Recuerdo solamente los ejemplos más recientes. Las tibias declaraciones de sus dirigentes, repletas de ambigüedad calculada, cuando la represión se abatía sobre el pueblo catalán mediante la aplicación del artículo 155 de la Constitución avalado por una intervención real que parecía sacada de los años más negros de la Dictadura. El discurso de Pablo Iglesias en la Moción de Censura a Rajoy en el que propuso al PSOE entrar en el ejecutivo para constituir un Gobierno “fuerte, estable y que dé garantías a la Unión Europea”. El fichaje para la secretaría general de Podemos en Madrid al general que, como Jefe del Estado Mayor de la Defensa y hombre de confianza de la CIA, dirigió la participación española en el marco de la OTAN en los bombardeos contra Libia en 2011.

Tres días después de las declaraciones de punto final de Errejón reaparecían Jose María Aznar y Felipe González, juntos, en un debate organizado por El País para reafirmar que el Régimen del 78 son ellos. La nueva directora de El País afirmó: “que González y Aznar hayan decidido debatir aquí es un síntoma de la vigencia de la Constitución”. En realidad, la reaparición conjunta de estos siniestros personajes muestra la debilidad ante la opinión pública del andamiaje sobre el que se ha construido ese Régimen que, efectivamente, ellos representan. Cada vez menos gente ignora que, precisamente ellos dos son la cúpula de los antiguos/nuevos ricos unidos por las privatizaciones de empresas públicas, cobrando – ellos y sus ministras y ministros - por su pertenencia a consejos de administración de esas mismas empresas; que ambos son los máximos responsables de las contrarreformas laborales y de las pensiones, del GAL, de la entrada en la OTAN inaugurada con la intervención en la guerra contra Yugoslavia uno, y del golpe contra Chávez y el Trío de las Azores para la invasión de Iraq el otro; y que los han sostenido y encubierto a ultranza la corrupción de la monarquía borbónica. Esa emblemática imagen, muestra - por si cupiera alguna duda - cual es el engranaje de robo y de crimen sobre el que se sostiene el Régimen del 78 que hoy hace aguas.

La envergadura del trofeo conseguido por las clases dominantes en la Transición hace que comparar a Podemos con el PCE sea una caricatura; si no fuera porque el objetivo del poder es el mismo: conseguir de la supuesta izquierda la colaboración para sostener a las mismas clases dominantes erigidas sobre el saqueo y el crimen.

Es también la misma la deriva, con costes electorales y de descrédito incluidos, de las organizaciones que se arrodillan ante las oligarquías dominantes a cambio de migajas institucionales.

El poder, sin embargo, no pierde sus objetivos: impedir mediante el chantaje, el soborno o efímeros puestos en los gobiernos, que surja una izquierda coherente. Una izquierda que, necesariamente, debe asumir la continuidad histórica de las luchas emancipadoras de la clase obrera y de los pueblos del Estado español, de forma que, unidas, se enfrenten al aparato ideológico, institucional, político y económico, edificado sobre la continuidad hegemónica de la herencia de la Dictadura.

Frente a los intentos de ocultar que la bestia franquista sigue viva, ante cada lucha obrera, en cada episodio de auge del movimiento popular, como ha sucedido en Cataluña, reaparece la brutalidad de la represión, el feroz escenario de la caverna mediática atizando sin pudor el enfrentamiento entre pueblos y la actuación impune de las organizaciones fascistas, estrechamente relacionadas con estructuras policiales.

La Ruptura que la Transición abortó sigue pendiente. La enésima negación de la misma, que siempre va acompañada de la aceptación de todos los engranajes del poder y de la dominación – como son la UE y la OTAN - por parte de supuestamente “nuevos” aparatos organizativos, sólo sirve para hacer más evidente la necesidad de construir una correlación de fuerzas que quiebre el pivote principal sobre el que se articula la dominación de la clase obrera y de los pueblos del Estado español.
En la construcción de esa nueva correlación de fuerzas que debe, ineludiblemente, enfrentar el Régimen del 78 debe ocupar un papel central la nueva clase obrera, masivamente precaria, proletarizada, y debilitada – entre otras cosas – porque la destrucción de derechos laborales hace todopoderoso al patrón para perseguir la organización obrera. Y, precisamente, esa dictadura que el capital ejerce casi sin límites contra el trabajo, se asienta en la amenaza del despido, que en tiempo de paro masivo es una tragedia. Esa casi absoluta libertad para despedir del patrón, que se ha ido incrementando en cada contrarreforma laboral, precisamente se inició en los Pactos de la Moncloa, en ese acta de nacimiento del Régimen del 78 por cuyo cuestionamiento tiene Errejón la desvergüenza de pedir perdón.

Porque la Transición no fue sólo una inmensa transacción política, tuvo una enorme impronta de clase. Año y medio después de la más progresiva Ley de Relaciones Laborales (Ley 16/1976) que ha conocido la clase obrera en el Estado español – arrancada mediante la lucha, con los sindicatos ilegalizados y con miles de sindicalistas en la cárcel – los Pactos de 1977 eliminaron el derecho del trabajador a decidir sobre su readmisión en caso de despido improcedente e introdujeron un contrato de empleo juvenil de dos años con despido libre.

Para esta tarea de reconstrucción en la lucha de la unidad y la identidad de clase es esencial identificar un objetivo estratégico que articule esa unidad, y que como la reivindicación de las ocho horas de jornada laboral, pueda tener carácter internacional. Ese objetivo podría ser la lucha “Contra el despido libre” que apunta contra la precariedad, contra la amenaza del despido y se dirige directamente a reforzar la organización de la inmensa y cada vez más mayoritaria clase obrera precaria, y por definición, sin derechos. Además de que para analizar los orígenes del problema y los cambios acaecidos es imprescindible analizar y reescribir la historia desde una perspectiva de clase antagónica a la oficial, para construir esa fuerza es imprescindible que las nuevas generaciones de trabajadoras y trabajadores, de aquí y de fuera, hundan sus raíces y se nutran del tesoro acumulado en la memoria histórica de las luchas obreras y populares.

Construir la fuerza del pueblo organizado, mediante la lucha – porque no hay otro camino - es indispensable para enfrentar a la élite política y económica que amasa sus fortunas y su poder con el expolio y el sufrimiento de la inmensa mayoría. Esta tarea, larga y dura, es insoslayable. Otra cosa es seguir mareando la noria electoral con ocurrentes relatos y novedosas estructuras organizativas que cada vez tienen más dificultades para ocultar que son “servidores del pasado en copa nueva”.

Septiembre de 2018


[Catalán]

Errejón/Carrillo. Demanar perdó 2.0


Qui no sap és un imbécil. Qui sap i calla és un criminal.
Bertolt Brecht


Durant els últims dies, Iñigo Errejón ha fet un pas més per tractar de situar Podemos en el marc d'allò políticament correcte per a les estructures de Poder. Sense que hagi sigut desautoritzat per la seva organització ni per la seva coaliada IU, ha demanat disculpes a una part de les generacions anteriors per si s'haguessin pogut sentir ofeses per les declaracions de Podemos parlant de fer creu i ratlla amb el Règim del 78, quan el que realment pretenen és actualitzar-lo.

La Transició, a més d'una traïció, va ser una tragèdia per al moviment obrer i les esquerres de l'Estat espanyol. La clau de volta d'aquesta maniobra estava en el PCE, que tenia la seva força real en el poderós moviment obrer, reconstruït en la dura lluita contra la Dictadura. El PSOE era pràcticament inexistent. Era poc més que una carcassa emplenada amb sucoses ajudes econòmiques, polítiques i mediàtiques de la CIA i la socialdemocràcia alemanya, que actuaven de forma coordinada i amb els mateixos objectius: assegurar el control per part de les mateixes elits després de la mort de Franco.

El pilar ideològic fonamental d'aquella operació política —qualificada de transició democràtica, modèlica i pacífica i que va deixar centenars d’assassinats impunes a mans de l'extrema dreta i dels cossos i forces de l'Estat (la majoria de les vegades en fosca connivència)— va ser l'amputació de la memòria històrica. Per a aquesta lobotomia col·lectiva era necessària la complicitat dels qui havien defensat amb coratge i coherència l'orgull dels seus herois i la legitimitat de la seva lluita. Per tal que l'anestèsia fos realment eficaç feia falta, precisament, la col·laboració dels qui en mig de la Dictadura havien aconseguit inscriure la continuïtat històrica de la lluita en les noves generacions de la classe obrera, que no van viure la guerra, però que se sentien legítimes hereves dels qui van caure combatent el feixisme.

Tot aquest fil vermell és el que simbolitza la bandera republicana. No és un drap tricolor pel qual no val la pena donar la vida, com deia el secretari general del PCE Santiago Carrillo, intentant lubricar la violenta imposició de la bandera dels vencedors de la guerra civil i la monarquia borbònica hereva del franquisme. I dic violenta, perquè sabent que la decisió seria fortament contestada, els guardaespatlles del secretari general tenien la missió d'arrabassar qualsevol bandera republicana que aparegués en manifestacions o actes públics. Aquest drama, entre traïcions i terror feixista, ens l'explica de manera documentada, dolorosa i genial Alfredo Grimaldos al seu llibre La sombra de Franco en la Transición en el qual narra com la seva mare cosia i recosia l'ensenya republicana repetidament esquinçada per la citada escorta.

L'extirpació de la memòria, ocultant-la, tergiversant-la o denigrant-la, és un instrument clau de control social. Sense arrels, sense identitat i sense estratègia la manipulació de masses és molt més fàcil.

El periodista argentí Rodolfo Walsh que va caure assassinat per les bales de la dictadura de Videla ens recorda una cosa que hauria d'estar gravada a foc en les ments de la classe obrera: "Les nostres classes dominants han procurat sempre que els treballadors no tinguin història, no tinguin doctrina, no tinguin herois, ni màrtirs. Cada lluita s'ha de començar de nou, separada de les lluites anteriors: l'experiència col·lectiva es perd, les lliçons s'obliden. La història sembla així una propietat privada els amos de la qual són els amos de totes les coses".
Damunt d'aquesta amputació de les arrels històriques, acompanyada d'un enorme rosari de renúncies ideològiques i traïcions polítiques i sindicals, es va poder implantar sense quasi resistència el discurs oficial. Perquè quan les classes dominants aconsegueixen que les seves polítiques siguin assumides per l'esquerra fan el que se’n diu matar dos pájaros de un tiro. Aconsegueixen els seus objectius sense quasi cost polític, al mateix temps que aniquilen la credibilitat dels seus col·laboradors davant del seu propi poble.
L'operació política de la Transició, que va tenir com a saldo estratègic la destrucció de l'esquerra; va succeir precisament quan el moviment obrer a l'Estat espanyol era molt poderós organitzativament, el més fort d'Europa, i quan les lluites socials havien assumit objectius polítics de ruptura amb la Dictadura, incloent-hi l'Amnistia i el dret d'Autodeterminació. Mitjançant els pactes de la Moncloa, la Llei d'Amnistia de 1977 i la Constitució de 1978, les esquerres de l'Estat espanyol —exceptuant l'esquerra abertzale, altres organitzacions comunistes com el PCE(r) o anarquistes de la CNT— van apuntalar el poder dels vencedors de la Guerra Civil, justament quan més debilitat estava per obra de les lluites obreres i populars.
El producte de la Transició, el Règim del 1978, s'alça sobre la continuïtat de l'aparell institucional del franquisme, amb el rei al capdavant, i s'ha mantingut mitjançant l'alternança al govern del PSOE i el PP. La successió d'ambdós partits ha dut a terme sense quasi resistència les polítiques més dures del capitalisme, dirigides per la UE i l'OTAN.
Durant els últims anys, quan el descontentament i la mobilització han adquirit caràcter massiu com a resultat de les brutals polítiques que han descarregat sobre la classe obrera i sectors populars les conseqüències de la crisi capitalista, la veritable naturalesa del Règim establert fa 40 anys s'ha fet evident per a àmplies capes de l'opinió pública.

Podemos va recollir la canalització electoral de la indignació popular que primer va expressar el 15M i que començava a dotar-se de programa polític amb les Marxes de la Dignitat que denunciaven el Règim del 78 i, a més, apuntaven contra la Unió Europea, exigint no pagar el Deute. La precipitada abdicació del rei Juan Carlos l'any 2014 va ser el resultat directe de la deslegitimació i debilitament sense precedents de l'engranatge polític i institucional que va inaugurar la Transició, amb la corrupció impune que l'ha acompanyat.

El recorregut polític de Podemos, que amb un llenguatge radical que semblava reprendre en el seu discurs els objectius polítics de trencament amb el Règim del 78, actualitzat amb la denúncia de la UE i la OTAN, ha seguit el mateix camí que la seva homòloga Syriza. Amb la diferència que la tragèdia grega ha adquirit aquí naturalesa de farsa. La traïció de Tsipras al seu poble després del referèndum de 2015, executant les polítiques imposades per la UE amb molta més duresa que els seus antecessors de la dreta grega, ha sigut traslladada a l'Estat espanyol per Podemos en aliança amb IU, "preventivament". Per tal de ser acceptats pels aparells de poder i aconseguir governar amb el PSOE, han anat desapareixent dels seus discursos i de les seves pràctiques qualsevol plantejament de ruptura i de confrontació amb les elits dominants.

Recordo només els exemples més recents. Les insulses declaracions dels seus dirigents, replenes d'ambigüitat calculada, quan la repressió s'abatia sobre el poble català mitjançant l'aplicació de l'article 155 de la Constitució avalat per una intervenció real que semblava treta dels anys més negres de la Dictadura. El discurs de Pablo Iglesias a la Moció de Censura a Rajoy en el qual va proposar al PSOE entrar a l'executiu per constituir un Govern "fort, estable, i que doni garanties a la Unió Europea". El fixatge per a la secretaria general de Podemos a Madrid al general qui, com a Cap de l'Estat Major de Defensa i home de confiança de la CIA, va dirigir la participació espanyola en el marc de l'OTAN en els bombardejos contra Líbia el 2011.

Tres dies després de les declaracions de punt final d'Errejón, reapareixien Jose María Aznar i Felipe González, junts, en un debat organitzat per El País per reafirmar que el Règim del 78 són ells. La nova directora d'El País va afirmar: "que González i Aznar hagin decidit debatre aquí és un símptoma de la vigència de la Constitució". En realitat, la reaparició conjunta d'aquests sinistres personatges mostra la debilitat davant l'opinió pública de l'esquelet sobre el qual s'ha construït aquest Règim que, efectivament, ells representen. Cada vegada menys gent ignora que, precisament, ells dos són la cúpula dels antics i nous rics units per les privatitzacions d'empreses públiques, cobrant —ells i els seus i les seves ministres— pel fet de pertànyer a consells d'administració d'aquestes mateixes empreses; que ambdós són els màxims responsables de les contrareformes laborals i de les pensions, del GAL, de l'entrada a l'OTAN inaugurada amb la intervenció a la guerra contra Iugoslàvia per un, i del cop d'estat contra Chávez i la Cimera de les Açores per a la invasió de l'Iraq per l'altre; i que ells han sostingut i encobert a ultrança la corrupció de la monarquia borbònica. Aquesta emblemàtica imatge mostra —per si hi hagués cap dubte— quin és l'engranatge de robatori i de crim sobre el qual es sosté el Règim del 78 que avui fa aigües.
L'envergadura del trofeu aconseguit per les classes dominants durant la Transició fa que comparar a Podemos amb el PCE sigui una caricatura, si no fos perquè l'objectiu del poder és el mateix: aconseguir de la suposada esquerra la col·laboració per sostenir a les mateixes classes dominants erigides sobre el saqueig i el crim.

És també la mateixa deriva, amb costos electorals i de descrèdit inclosos, de les organitzacions que s'agenollen davant les oligarquies dominants a canvi d'engrunes institucionals.

El poder, tanmateix, no perd els seus objectius: impedir mitjançant el xantatge, el suborn o efímers llocs en els governs, que floreixi una esquerra coherent. Una esquerra que, necessàriament, ha d'assumir la continuïtat històrica de les lluites emancipadores de la classe obrera i dels pobles de l'Estat espanyol, de manera que, unides, s'enfrontin a l'aparell ideològic, institucional, polític i econòmic, edificat sobre la continuïtat hegemònica de l'herència de la Dictadura.

Davant els intents d'ocultar que la bèstia franquista segueix viva, davant cada lluita obrera, amb cada episodi d'auge del moviment popular, com ha succeït a Catalunya, reapareix la brutalitat de la repressió, el ferotge escenari de la caverna mediàtica atiant sense pudor l'enfrontament entre pobles i l'actuació impune de les organitzacions feixistes, estretament relacionades amb estructures policials.

El Trencament que la Transició va avortar segueix pendent. L'enèsima negació d'aquesta, que sempre va acompanyada de l'acceptació de tots els engranatges del poder i de la dominació —com són la UE i l'OTAN— per part de suposadament "nous" aparells organitzatius, només serveix per fer més evident la necessitat de construir una correlació de forces que faci fer fallida al pivot principal sobre el qual s'articula la dominació de la classe obrera i dels pobles de l'Estat espanyol.
En la construcció d'aquesta nova correlació de forces que haurà, ineludiblement, d'enfrontar el règim del 78 ha d'ocupar un paper central la nova classe obrera, massivament precària, proletaritzada, i afeblida —entre altres coses— perquè la destrucció de drets laborals fa totpoderós al patró per perseguir l'organització obrera. I, precisament, aquesta dictadura que el capital exerceix gairebé sense límits contra el treball, s'assenta en l'amenaça de l'acomiadament, que en temps d'atur massiu és una tragèdia. Aquesta gairebé absoluta llibertat per acomiadar del patró, que s'ha anat incrementant en cada contrareforma laboral, precisament es va iniciar als Pactes de la Moncloa, en aquesta acta de naixement del règim del 78 pel qüestionament de la qual té Errejón la poca vergonya de demanar perdó.
Perquè la Transició no va ser només una immensa transacció política sinó que va tenir una enorme empremta de classe. Un any i mig després de la més progressiva Llei de Relacions Laborals (Llei 16/1976) que ha conegut la classe obrera a l'Estat espanyol —arrencada mitjançant la lluita, amb els sindicats il·legalitzats i amb milers de sindicalistes a la presó— els Pactes de 1977 van eliminar el dret del treballador a decidir sobre la seva readmissió en cas d'acomiadament improcedent i van introduir un contracte d'ocupació juvenil de dos anys amb acomiadament lliure.
Per a aquesta tasca de reconstrucció en la lluita de la unitat i la identitat de classe és essencial identificar un objectiu estratègic que articuli aquesta unitat, i que com va tenir la reivindicació de les vuit hores de jornada laboral, pugui tenir caràcter internacional. Aquest objectiu podria ser la lluita "Contra l'acomiadament lliure", que apunta contra la precarietat, contra l'amenaça de l'acomiadament i es dirigeix ​​directament a reforçar l'organització de la immensa i cada vegada més majoritària classe obrera precària, i per definició, sense drets. A més que, per tal d'analitzar els orígens del problema i els canvis esdevinguts, és imprescindible analitzar i reescriure la història des d'una perspectiva de classe antagònica a l'oficial, per construir aquesta força és imprescindible que les noves generacions de treballadores i treballadors, d'aquí i de fora, s'enfonsin en les seves arrels i es nodreixin del tresor acumulat a la memòria històrica de les lluites obreres i populars.

Construir la força del poble organitzat, mitjançant la lluita —perquè no hi ha un altre camí— és indispensable per fer front a l'elit política i econòmica que fa créixer les seves fortunes i el seu poder amb l'espoli i el sofriment de la immensa majoria. Aquesta tasca, llarga i dura, és indefugible. Una altra cosa és seguir marejant la perdiu al teatre electoral amb ocurrents relats i noves estructures organitzatives que cada vegada tenen més dificultats per ocultar que són "servidores del pasado en copa nueva ".



Ángeles Maestro, setembre de 2018